La locura en la Argentina (tercera y última parte)

Presentamos aquí la tercera parte del extracto que estamos realizando sobre el libro "La locura en la Argentina", del Dr. José Ingenieros, escritor, periodista, científico e investigador de la República Argentina, y que data del año 1919, publicado por la Editorial TOR de la Argentina.
Buenos Aires poco después de la fundación de 1580
Primitiva ubicación del Hospital en la Fundación de Garay
        Con excepción de pocas ciudades, cuya población española fue de alguna consideración, en los demás villorrios y aldeas de América fue puramente normal la existencia de Hospitales durante el siglo XVI. Era de práctica, en toda fundación, destinar un sitio de la planta urbana, continuo a una convento, para levantar una casa destinada a la asistencia de enfermos indigentes; así lo disponían reales órdenes y S.M. había destinado “un noveno y medio” de los diezmos para sostenimiento de hospitales.
        Los cincuenta o cien vecinos de cada “ciudad” nueva se apresuraban a fundar un Hospital en el sitio indicado, el cual consistía en una habitación o enfermería, de paja y barro, contigua a una Ermita o Capilla; para su cuidado, cada Cabildo nombraba un vecino-mayordomo, que vivía en el Hospital y de parte de sus rentas, consumiéndose las demás en algunas limosnas y en costear la cera y adornos de la Capilla.
        De estos “hospitales” –sin médico, botica ni enfermos- hubo muchos en el territorio argentino; el objeto efectivo de su fundación era agregar un empleo más a los poquísimos de que podían beneficiarse los vecinos. El fin piadoso o curativo era puramente nominal; no había población suficiente para que el hospital fuese necesario, ni querían los pobres –indios, negros, mestizos o mulatos- meterse en el rancho custodiado por un vecino español que jamás había sangrado ni puesto sanguijuelas.
        En 1580, al fundar Garay la ciudad de Buenos Aires, destinó la manzana 36 a Hospital; de acuerdo con la Ley 2, Tít. IV, Lib. I, de la Recopilación de Indias, debía ser ubicado en la proximidad de una Iglesia (aclara el Dr. Ingenieros que corresponde a la manzana actual limitada por las calles Sarmiento, Corrientes, Reconquista y 25 de Mayo, inmediata a la del monasterio de la Merced).  Fue puesto bajo la advocación de San Martín; su patronato y administración correspondía al “Cabildo, Justicia y Regimiento de la Ciudad”, que designaba anualmente al efecto dos regidores diputados. En 1605 se acordó formar el Hospital, con el nombre de “Hospital de San Martín”; era su principal destino la asistencia de los militares del presidio, pudiendo recibir accesoriamente a algunos pobres de la población.
        Esta resolución de construir el hospital (completando la ermita) en la manzana fijada por Garay, fue pronto revocada.
 Parcelamiento de la ciudad de Buenos Aires en la fundación de Garay, año 1580 
El Hospital San Martín, o de Santa Catalina, o de los Betlemitas, y su “loquero”
        En el acuerdo de 7 de marzo de 1611, se expusieron las dificultades que presentaba la anterior ubicación para el hospital, y se resolvió construirlo “en el camino que va al Riachuelo”,  a mano izquierda (actual manzana de las calles Méjico, Chile, Defensa y Balcarce, y más precisamente en el lote que actualmente ocupa la Casa de Moneda, refiriéndose al mes de diciembre del año 1919).
        La asistencia médica de los vecinos se hacía en los domicilios, mediante las purgas, sudaciones y paños calientes que los mismos enfermos se recetarían reservándose los clásicos “candeales y caldos de gallina” para fortalecer a los convalecientes. Por natural superstición, tenían mucho favor las oraciones y votos; si no curaban, entretenían los espíritus con benéficas esperanzas, hasta que la fuerza medicatriz de la naturaleza resolvía el pleito sin apelación.
        Algún médico o cirujano de verdad llegaba de tiempo en tiempo; cuando en el pueblo aparecía un buque de registro o arribaba un navío con tropas, lo que fue raro durante más de medio siglo, solía rogársele que asistiera en la aldea a algún enfermo de calidad, durante el breve tiempo de su permanencia. Dejó buen recuerdo, en 1610, don Juan Escalera.
        Los mil habitantes que tendría Buenos Aires en 1622 no se resignaban, sin embargo, a vivir sin médico y botica. En el Cabildo del 19 de julio el regidor Juan Bautista Angel propuso se encargara al maestre Pero Díaz Carlos, que volvía de Sevilla con su navío de permiso “trayga un médico y boticario de primera ocasión”; no hay noticia de que Pero Gíaz defiriese a un pedido tan bien intencionado (máxime que los médicos contratados jamás vieron un solo peso, y se veían obligados a irse a buscar mejor suerte en otros pagos).
        El rancho de San Martín, (pues a Hospital no llegaba), seguía en la miseria. Su mayordomo Martín de Rodrigo, en 1623, “por no tener renta el dicho hospital avia acudido a pedir entre los vecinos y moradores deste puesto limosna en que avia juntado mil y quinientos cueros más o menos”; luego se presentó al Cabildo para que obtuviera licencia del Justicia Mayor para embarcar dichos cuerdos, arguyendo ¡que como a el dicho cavildo consta el dicho hospital está muy pobre y padecen de muchas cosas para el regalo y cura de los pobres que en él se recogen que de ordinario son muchos así españoles como indios…”. Los muchos cogidos, como se verá, podrían contarse en los dedos de una mano; su mismo desamparo, siendo tan caritativos los vecinos, obliga a pensar que serían sujetos de lama condición, apestados, leprosos, crónicos o dementes.
        De mal en peor, aumentaban los curanderos. El 6 de mayo de 1639 el Cabildo mandó que se pidieran títulos de “médicos sirujanos barberos” a todas las personas que curaban sin tener licencia, reiterando la orden en marzo de 1640.
        El rancho de barro se deshizo durante un temporal, y luego de una larga disputa entre el poder eclesiástico y el gobierno civil, se reedificó.
        Hubo, por fin, Hospital, pero con tan exiguos recursos que fue imposible asistir enfermos con regularidad. La ninguna prosperidad del Hospital alentó de nuevo al Obispo para gestionar su aplicación a fines religiosos, al mismo tiempo que procuraba contravenir las órdenes reales de no fundar nuevos conventos.
        No hay noticias de que se recluyeran alienados en ese hospital antes de que pasase a manos de los Betlemitas; es probable, sin embargo, que algún demente fuera a refugiarse allí. La Cárcel del Cabildo conservaba el privilegio de recibir algún agitado y seguían pidiendo limosna en las calles ciertos locos inofensivos.
       Durante la administración betlemita es seguro que hubo allí dementes; los enviaba el Cabildo cuando estorbaban en su Cárcel, siendo notorio que en el Hospital los utilizarían como sirvientes o los relegarían al loquero, rancho apartado de la sala de enfermos. Esta situación de hecho comenzó a oficializarse poco antes de crearse el Virreinato (1776) y, particularmente, bajo la gobernación de Juan José de Vértiz.
        Narraba el Dr. Vicente Fidel López que un mulato de la clientela de sus abuelos sufría periódicamente la locura de creerse rey de su “nación” de negros, con la particularidad de padecer una o dos semanas de agitación, seguidas por tres o cuatro meses de melancolía; pasaba en la cárcel del Cabildo las semanas peligrosas y en el Hospital de Santa Catalina (el mismo San Martín del que hablábamos) los meses melancólicos, quedándole lo restante del año para vivir con su familia y trabajar de peón de albañil. Tomó las armas durante las invasiones inglesas y en la época revolucionaria salió en un contingente hacia el Alto Perú, de donde no volvió.
        En 1779, los “convalescientes, incurables, locos y contagiosos” ocupaban dos ranchos aparte, contiguos al edificio del hospital; el de locos e incurables (loquero), era un depósito de maniáticos y dementes, y el estar allí se consideraba una pena más cruel que permanecer en la Cárcel del Cabildo.
Los de mejor conducta y más aptitud para el trabajo, eran “premiados” pasándolos a trabajar de sirvientes, y aún de enfermeros, en el hospital. Esta costumbre colonial de utilizar los dementes tranquilos para el servicio doméstico, se continuó en la Residencia (Hospital General de Hombres) hasta 1882.
El Cabildo de Buenos Aires, en una pintura de comienzos del siglo XIX de Emerix Vidal 
        En 1822, época de su clausura definitiva, permanecían recluidos en él cierta cantidad de alienados, aunque los más estaban en el Hospital General de Hombres. Acerca de su situación y tratamiento, escribió el Dr. Albarellos el siguiente párrafo: “los dementes se alojaban en unos cuartos aislados que daban a un espacioso corralón, que estaba al fondo del edificio, corral que, aunque grande, estaba muy alambrado y servía  la vez (hasta 1821) de cementerio. Los desgraciados dementes, que afortunadamente eran pocos en ese tiempo, vegetaban sin ninguna clase de tratamiento especial”.
        “Tenía, pues, el Hospital, 3 salas generales (un centenar de camas), 1 sala de presos (10 ó 20 camas), una salita de oficiales del ejército (10 camas) y 1 sala de crónicos (20 a 25 enfermos). Veamos cómo era entonces el loquero anexo cuyo título oficial era “Cuadro de Dementes”.
        El cuadro consistía en un cuadrilongo de cuarenta varas por veinticinco de ancho, edificado en todo sus costados, con corredor corrido todo de bóvedas, algunos árboles en su centro; parecía haber sido destinado para celdas de los jesuitas que lo construyeron, por ser todo compuesto de cuadros aislados, con puerta al corredor, piezas todas hermosas y muy secas… Ahí se mantenían encerrados y con un centinela en la puerta los locos, a los cuales pasaba visita uno de los médicos cuando se enfermaba de otra cosa que su demencia, pues para ella no se les prodigaba entonces ningún tratamiento.
        A estos locos los cuidaba, o mejor diré los gobernaba, un capataz que generalmente tenía una verga en la mano, con la cual solía darles algunos golpes a los que no les obedecían sus órdenes, y por medio del terror se hacía respetar y obedecer; cuando algún loco se ponía furioso, en uno de esos accesos que suelen tener las demencias crónicas, se les encerraba en un cuarto sin muebles y muchas veces sin cama, donde permanecían mientras les duraba la exaltación mental. Varias veces sucedió que estos infelices se peleaban entre ellos y se hacían heridas más o menos graves; y siendo yo estudiante fui testigo de dos casos de muerte causada por un loco a otro, sirviéndose como arma del pie de un catre de madera fuerte”, cita el Dr. Ingenieros al Dr. Albarellos”.
 Ribera de la ciudad de Buenos Aires, en una antigua foto de mitad del siglo XIX 
Mendigos, atorrantes y locos populares de Buenos Aires
        Cuenta el Dr. José Ingenieros  en su libro “La Locura en la Argentina”, que ya el Virrey Vértiz había encargado a su capitán de milicias de caballería, Don Saturnino de Álvarez, encargándole efectuara una recogida de los numerosos  mendigos que en esas condiciones recorrían la ciudad. Además, ordenó por bando, “que todos esos pobres se presentaran en el término de 15 días en dicho hospicio prohibiendo en absoluto que pidiesen o les diesen limosna como que allí se les proporcionaba un bastante auxilio a su indigencia”.
        "En el Hospital de los Betlemitas o Santa Catalina había constantemente un numeroso grupo de alienados en estado demencial, confundidos en la clasificación de incurables; para evitar ese hacinamiento, que obstruía la asistencia de los enfermos agudos, pidieron los Borbones se le cediera la Residencia cuyo destino, en 1799 fue el de la Casa de Dementes e Incurables complicado por la adición de los contagiosos. Años más tarde, se convirtió en el Hospital General de Hombres, sin perder nunca su primitivo carácter de depósito de dementes.
        A pesar de ello siempre quedaron en libertad vagando por las calles algunos dementes inofensivos, y siempre hubo en la Cárcel del Cabildo alienados condenados por delitos comunes, además del calabozo o cuadro para agitados (como se llamaba a los locos peligrosos).
        Desde la época colonial hasta 1910 vivieron en libertad muchos desequilibrados y delirantes parciales, tolerados o festejados por el vecindario de Buenos Aires.
        En la época de la Revolución fueron muy celebrados el Mudo de los Patricios, José Tartaz, el humanista Vicente Virgil y el fraile Francisco Castañeda. Durante la tiranía de Rosas tuvieron el mismo rango Don Eusebio de la Federación, el Padre Viguá y el cura Gaete.
        En la segunda mitad del siglo pasado alegraron la ciudad Manghi, Bayoneta Calada, el Negro Clemente, Don Pepe el de la Cazuela, Petronita, Doña Dolores Guisao, San Roque.
        Manghi fue el más famoso de esta clase de tipos. Su parada favorita era la puerta del Teatro Argentino, frente a la Merced, produciendo con la boca ruidos extraños cuando salía gente de misa. En uno de los carnavales pasados, Manghi se disfrazó de Conde, en unión de Uriarte y Salaberry, formando ese triunvirato el famoso  Concilio Ecuménico, como ellos decían. Uriarte murió en la epidemia de fiebre amarilla, y Salaberry después de Manghi.
        Bayoneta Calada era un masitero (pastelero) que solía cantar milongas vestido de romano. Era un tipo alto, delgado e infaltable a cualquier reunión de esa época.
        El Negro Clemente era un campanero de Santo Domingo que cuando no tenía que tocar las campanas salía a la calle reuniendo los perros a una señal que les hacía con su palo y cuando el número pasaba de cinco o seis, por el mismo medio del ahuyentaba. Fue el antecesor de Gragera.
        Don Pepe el de la Cazuela, el prestigioso acomodador de la Cazuela del Colón, era un tipo afeminado y el que ponía orden entre sus turbulentas pupilas.
        Petronita era un negro afeminado amigo de vestirse de mujer. A intermitencias era acomodador en los teatros, siendo su ocupación favorita la de mucamo de personas conocidas.
        Doña Dolores Guisao era una mujer callejera, cuyo placer era insultar a los muchachos, y cuando éstos no le decidían nada, ella los buscaba diciéndoles: “Muchachos, ¿no me dicen nada?” y los muchachos entonces le gritaban “Doña Dolores Guisao, Puchero y Asao”, a lo que doña Dolores prorrumpía en insultos contra ellos hasta que huían.
        Gragera fue un comerciante que tuvo varios buques y los perdió, y cuando se encontró arruinado se volvió loco dándole la manía de los perros, de los que se declaró protector. Gragera (a) San Roque, recorría las calles centrales de la ciudad, vestido de saco o levita negra, armado de un descomunal garrote y seguido de una multitud de perros a los que protegía, sulfurándose cuando los muchachos le llamaban por su alias”.

Conozcan este tema del año 1985, del compositor argentino Alejandro del Prado
 Y sí, quizá todos estemos un poco locos aquí...

Vean y conozcan la película de “La Madre María”, del año 1974, dirigida por Lucas Demare
https://www.youtube.com/watch?v=X2YMHXXtL6o
La Madre María, María Salomé Loredo y Otaola de Subiza (San Julián de Musques, 22 de octubre de 1854 - Turdera, 2 de octubre de 1928), conocida como Madre María, fue una mujer que fue objeto de devoción popular en la provincia de Buenos Aires, pero las autoridades la enjuiciaron acusándola de "curanderismo".
La excelente actriz Tita Merello interpreta a la Madre María en esta película de Lucas Demare 
En 1881 se enfermó gravemente. Los médicos de la época no consiguieron tratar su enfermedad, por lo que una amiga le recomendó visitar a Pancho Sierra (1831-1891), en la villa de Salto (en el noroeste de la provincia de Buenos Aires). Dicho encuentro le cambió la vida, ya que Sierra le dijo: «No tendrás más hijos de tu carne, pero tendrás miles de hijos espirituales. No busques más, tu camino está en seguir esta misión».
Dos años después (en 1883) volvió a casarse, a los 28 años, con Aniceto Subiza. Tras la muerte de su segundo esposo comenzó una vida dedicada a la gente necesitada. Transformó su casa en una suerte de templo, y atrajo a multitudes necesitadas de ayuda espiritual, consejo o milagros. Murió el 2 de octubre de 1928, recibiendo homenajes en los diarios La Nación y La Razón.
En el cine 
La vida de María Salomé Loredo (1854-1928) aparece relatada en la película argentina La Madre María (de 1974), protagonizada por Tita Merello. Justamente la película comienza con el juicio que se le lleva adelante por "uso ilegal de la medicina", "curaciones que intentan hacerse pasar por milagrosas" y "curanderismo"."La Madre María" es una película de Argentina filmada en colores dirigida por Lucas Demare sobre su propio guion escrito en colaboración con Augusto Roa Bastos sobre una idea de Roa BastosTomás Eloy MartínezDavid José Kohon y Héctor Grossi que se estrenó el 4 de julio de 1974 y que tuvo como actores principales a Tita MerelloJosé SlavinHugo Arana y Patricia Castell.
Fuente: Del sitio Wikipedia – La Madre María
https://es.wikipedia.org/wiki/La_Madre_María

PARIS, FRANCIA
Curaciones en la tumba de un diácono jansenista
        Según el libro de Historia titulado “Héroes y Herejes a partir del Renacimiento”, de Barrows Dunham, también en Francia se producían extrañas situaciones con gente con alteraciones mentales difíciles de diagnosticar en aquellas épocas, las cuales se mixturan con el misticismo y la herejía.
        “Aconteció que el 1ero. de mayo de 1727 murió un diácono jansenista, Francois de París. Fue enterrado en el cementerio de la iglesia de Saint-Médard, que se halla al pie de la calle Neuffetard, una de las más antiguas y pintorescas calles de París. Inmediatamente, esta tumba se convirtió en escenario de dudosas curaciones e indudables manías. Los peregrinos que iban al lugar entraban en convulsiones y cantaban, gemían y daban vueltas a su alrededor. En 1732, estos espectáculos acabaron alcanzando un nivel orgiástico, en el que los varones emprendieron la flagelación de las hembras que consentían en sufrir de todo corazón. La pura honestidad impedía intervenir al Gobierno. El cementerio fue clausurado y la tumba del diácono ha desaparecido desde entonces. Pero algún bromista anónimo e inmortal colgó en la verja del cementerio un letrero que decía:
  “Se le prohíbe a Dios, por la Gracia del Rey,
que realice más milagros en este lugar”
        El ejemplo de los salones puede relatarse con más brevedad. Se trata del famoso Mot de Madame de Deffand, referente a Saint Denis, el santo patrón de Francia. Durante una de las veladas, un cardenal hizo notar que, después de haber sido decapitado, Saint Denis tomó su cabeza y la llevó consigo. El cardenal dijo que esto era muy conocido, pero que era menos conocido el hecho de que el santo había andado, llevando consigo su cabeza, desde Montmartre hasta la iglesia de Saint Denis, a seis millas de distancia. Madame Du Deffand, aguijoneando el corazón con un adagio popular:”¡Ah, Monseñor, en estas cosas, lo que cuenta es el primer paso”!. 
FuenteDunham, Barrows“Héroes y Herejes a partir del Renacimiento”, Biblioteca Breve de Bolsillo, Editorial Seix Barral S.A., Barcelona, 1969.
 Imagen y planos del Asilo Colney Hatch, perteneciente al sito Wikipedia
 INGLATERRA
El incendio del manicomio de Colney Hatch
       "Ninguna desgracia ha impresionado recientemente al público británico tanto como el incendio en el manicomio de Colney Hatch, ocurrido en la madrugada del 27 de enero último. En una hora, todo un pabellón anexo de madera, construido con carácter provisional hace siete años, quedó destruido por el fuego. Lo triste fué que en ese pabellón, cuyo carácter provisional por tanto tiempo es motivo de críticas, dormían pobres dementes cuando estalló el incendio y que perecieron más de cincuenta personas, cuyos cadáveres fueron encontrados entre las cenizas. Las víctimas fueron las mujeres dementes, pues ese era su departamento especial. Se ha dicho que las desgraciadas murieron por sofocación sin llegar á sufrir el tormento del fuego, pero tal afirmación no llega á convencer, sobre todo por la posición en que se encontraron varios de los cadáveres. Los encargados del servicio contra incendios en el establecimiento mismo fueron naturalmente los primeros que empezaron á combatir las llamas, pero ni ellos ni los miembros de las brigadas regulares de bomberos llegados más tarde pudieron extinguir el fuego en el pabellón".
Fuente: Hemeroteca Digital de España.
Imagen del Asilo correspondiente a la Inglaterra Victoriana, aún llevaba el nombre de Colney Hatch,
luego cambiaría a Friers, y así continuaría hasta su cierre definitivo 
Nota sobre este tema
        El sitio digital Londonist nos cuenta cómo sucedió... y nunca más se nombró. Debido a que muchas mujeres escaparon, se las consideró casi como criminales, además de que el pabellón que se incendió pertenecía al "ala judía". Doblemente discriminados, por locas y por judías, murieron de la forma más trágica. Léanlo aquí:
        El 27 de enero de 1903, 52 personas, todas mujeres, perdieron la vida cuando un incendio azotó el Colony Hatch Lunatic Asylum. Este alto número de muertos marca la tragedia como el peor incendio en tiempos de paz en la historia de Londres desde la época medieval. Sin embargo, es raro encontrar un londinense que haya oído hablar de él.
        Colney Hatch Asylum en New Southgate, operado por el London County Council, era una institución que albergaba a más de 3.000 de los "pobres locos". La instalación había sido identificada como un riesgo de incendio significativo por las autoridades: muchos de los reclusos estaban alojados en alas temporales de madera, y el complejo era famoso por sus largos corredores.
        En 1903, sucedió lo inevitable. Uno de los pabellones de madera se incendió y, ayudado por los fuertes vientos, se extendió la conflagración. La capacidad de extinción de incendios del asilo era limitada, y las autoridades locales de bomberos tuvieron que detener una corriente para obtener agua suficiente para la inhalación.
Asilados del Colney Hatch  
Un informe de prensa de Boston Evening Transcript pinta una imagen muy sombría de la tragedia que siguió:
        "Algunos de los lunáticos fueron quemados en sus camas, y los restos calcinados de otros fueron encontrados acurrucados en las esquinas, mientras que grupos de cuerpos parcialmente consumidos en el lugar de los pasillos mostraron que muchas personas perdieron sus vidas y sacrificaron las de otros en su frenético esfuerzos para forzar un paso a través de las llamas hacia el edificio principal.
        A principios del siglo XX, los pacientes psiquiátricos eran muy poco respetados. El mismo corte de prensa ofrece varias ideas sobre los puntos de vista de la época. Debajo del titular "50 Lunatics Perish" corre el subtítulo "Muchos escaparon y ahora están en libertad", como si estas desafortunadas mujeres fuesen criminales peligrosos. También se observa que el fuego ocurrió en el ala judía; esto pudo haber sido en parte por razones prácticas, como las necesidades dietéticas compartidas, pero la tentación es sospechar un prejuicio".
Fuente: Del sitio Londonist 
https://translate.google.com.ar/translate?hl=es&sl=en&u=https://londonist.com/2012/09/londons-forgotten-disasters-the-colney-hatch-fire&prev=search
 Foto actual del Asilo Colney Hatch, ya Friers, que continuó trabajando hasta el año 1993,
cuando fue cerrado definitivamente

Las imágenes de la fundación de Buenos Aires y el parcelamiento de la ciudad, junto con la obra de Emerix Vidal, pertenecen al sitio Wikipedia - Historia de la ciudad de Buenos Aires
https://es.wikipedia.org/wiki/Historia_de_la_ciudad_de_Buenos_Aires
La imagen actual del asilo y la de la Inglaterra Victoriana y el famoso asilo pertenece al sitio Prickett And Ellis, en inglés:
https://www.prickettandellis.com/whats-story-colney-hatch-asylum/La imagen del Asilo y sus planos corresponden al sitio Wikipedia:
https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Middlesex_County_Lunatic_Asylum,_Colney_Hatch,_Southgate,_Mi_Wellcome_L0012311.jpg
Las imágenes de los asilados de Colney Hatch pertenece al sitio Pinterest:
https://ar.pinterest.com/pin/460352393143752670/


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