Basura electrónica: locura consumista

 



Nuestro Planeta


Esta imagen que debería ser la prueba irrefutable de nuestra locura consumista, pero que en cambio normalizamos como el "precio del progreso", no muestra desechos inofensivos. Muestra la metástasis física de nuestra adicción digital, el residuo sólido de nuestra obsesión por lo nuevo. Cada año, 50 millones de toneladas de aparatos electrónicos son desechados, una montaña tóxica que crece al ritmo de nuestras actualizaciones. Dentro de cada teléfono, ordenador o televisor abandonado late un veneno latente: mercurio que daña cerebros, plomo que deteriora intelectos, cadmio que corroe la fertilidad, cromo que destroza riñones. Un solo televisor puede contaminar 80.000 litros de agua; una batería de móvil, 50.000. Estos no son "desechos"; son bombas de relojería química que, al descomponerse en vertederos ilegales —a menudo en los países más pobres—, filtran su ponzoña a la tierra, a los acuíferos, a la cadena alimentaria, y finalmente, de vuelta a nuestros cuerpos. La paradoja es monstruosa: estos dispositivos también contienen una mina urbana de oro, plata, cobre y metales raros valorados en miles de millones, una riqueza que desperdiciamos por pura negligencia y avaricia de un sistema lineal que extrae, produce, usa y tira. Pero el daño es aún más profundo: la demanda de minerales como el coltán y la casiterita para alimentar esta fiebre financia guerras, produce millones de refugiados, deforesta selvas y extermina a los últimos gorilas y chimpancés en lugares como la República Democrática del Congo. Esta no es una foto de basura. Es la radiografía terminal de un modelo civilizatorio que devora el planeta para producir objetos diseñados para la obsolescencia, envenenando el futuro para tener un presente de pantallas brillantes. Miramos hacia otro lado, pero la montaña tóxica crece, y su sombra ya nos cubre.

El tsunami de basura electrónica es la conexión material y tóxica definitiva que une todas las postales abstractas de nuestra crisis en una realidad tangible, sucia y letal. Si el cáncer que hackea neuronas representaba una corrupción biológica interna, y los virus de diseño una solución biotecnológica de emergencia, la basura electrónica es la corrupción físico-química externa y masiva que envenena los cuerpos desde fuera. Es el subproducto lógico del mismo sistema que necesita los virus de diseño para limpiar las superbacterias que crea, y que amenaza las farmacias subterráneas de las hormigas Attine con la deforestación. Los metales pesados que se filtran de un vertedero electrónico en Ghana o India son los mismos que pueden envenenar la pulga de agua (Daphnia) en un río, acumularse en los tejidos de las mariposas Morpho, y alterar los microbiomas intestinales que mantienen la salud. Esta crisis conecta directamente con el hidrosismo: el agua que la basura electrónica contamina es la misma que, saturada, puede provocar temblores de tierra. Mientras el cometa Bernardinelli-Bernstein traía los bloques de la vida desde el espacio profundo, nosotros estamos enterrando los bloques de la muerte en nuestro propio suelo. La basura electrónica es el epítome del Antropoceno porque materializa nuestra hybris en objetos concretos: extraemos minerales raros destruyendo ecosistemas (como las selvas del Congo), los ensamblamos con energía sucia, los usamos unos pocos años, y luego los exportamos como veneno a los márgenes del mundo, cerrando un círculo perfecto de extracción, desigualdad y contaminación. Cada smartphone es un concentrado de violencia geológica, social y biológica.

Las causas de este diluvio tóxico son el motor mismo de nuestro sistema económico y cultural. La primera es la obsolescencia programada y percibida: los dispositivos están diseñados para fallar o quedar obsoletos rápidamente, y el marketing nos convence de que necesitamos el nuevo modelo, aunque el viejo funcione. La segunda es un modelo de consumo lineal extractivista ("tomar-hacer-desechar") que trata los recursos finitos como infinitos y los ecosistemas como sumideros ilimitados. La tercera es la globalización de la injusticia ambiental: las regulaciones laxas o la corrupción permiten que el "reciclaje" de los países ricos sea, en realidad, la exportación de desechos tóxicos a países pobres, donde se desmantelan en condiciones inhumanas, quemando plásticos para extraer metales y envenenando a comunidades enteras. La cuarta es la complejidad y el diseño no modular de los dispositivos, que hace que el reciclaje adecuado sea costoso y difícil, desincentivándolo. La quinta, y más profunda, es nuestra desconexión cognitiva y emocional: no vemos el vínculo entre nuestro último upgrade y un niño respirando vapores de plomo en un vertedero de Agbogbloshie. Hemos externalizado el coste real de nuestra comodidad digital, haciéndolo invisible para los consumidores del primer mundo. La causa última es que valoramos la novedad y la conveniencia por encima de la sostenibilidad y la justicia.

Las consecuencias de este flujo tóxico son una condena intergeneracional y transnacional. En el plano ecológico, la contaminación por metales pesados es persistente y bioacumulativa: entra en la cadena trófica y permanece durante siglos, degradando suelos y envenenando fuentes de agua dulce para siempre. En el plano humano, causa daños neurológicos irreversibles en niños, cánceres, fallos renales, problemas reproductivos y enfermedades respiratorias en las comunidades que viven cerca de los vertederos o trabajan en el desmantelamiento informal. En el plano social, alimenta conflictos armados por el control de las minas de minerales raros, con millones de muertos y desplazados, como en el Congo. En el plano moral, esta crisis nos define como una civilización que prefiere el beneficio inmediato y la comodidad de unos, sobre la salud, la vida y la dignidad de muchos. Es la expresión más clara de colonialismo tóxico del siglo XXI: consumimos el fruto (la tecnología) y exportamos el veneno (los desechos). Permitir que esto continúe es admitir que somos incapaces de responsabilizarnos por las consecuencias de nuestros propios deseos, incluso cuando esas consecuencias nos alcanzan a través del agua, los alimentos y el aire globalizado.

¿Existe esperanza frente a esta montaña de chatarra tóxica? Sí, pero no en soluciones tecnológicas mágicas, sino en un cambio sistémico radical. La esperanza concreta está en la economía circular y el derecho a reparar. Debemos exigir a los fabricantes que diseñen productos modulares, duraderos, reparables y actualizables, con materiales fácilmente recuperables. Necesitamos leyes de responsabilidad ampliada del productor que los obliguen a gestionar el fin de vida de lo que venden, internalizando el coste del reciclaje seguro. Debemos apoyar iniciativas como "Movilízate por la selva" del Instituto Jane Goodall, que no solo promueve el reciclaje correcto, sino que educa sobre el vínculo entre nuestro consumo y la destrucción de ecosistemas lejanos, y destina fondos a la conservación. A nivel individual, la esperanza está en rechazar la obsolescencia percibida: usar los dispositivos hasta el final, repararlos, comprar de segunda mano, y reciclarlos siempre en puntos limpios autorizados. Pero la esperanza más grande está en un cambio de paradigma cultural: dejar de ver la tecnología como un artefacto de estatus desechable y empezar a verla como un recurso valioso y potencialmente tóxico que debemos administrar con el máximo cuidado. Debemos recuperar la soberanía sobre nuestros objetos y exigir transparencia sobre su ciclo de vida completo.

Por lo tanto, la pregunta final que nos clava esta montaña invisible de chatarra digital es la más incómoda y personal: ¿Estamos dispuestos a cambiar nuestro comportamiento como consumidores —a usar menos, a reparar más, a exigir responsabilidad— para evitar que nuestro apetito digital convierta el planeta en un vertedero tóxico y a otras personas en víctimas sacrificables? La basura electrónica no es un "problema de reciclaje". Es el síntoma de una enfermedad de la civilización: la creencia de que podemos vivir en un mundo virtual desconectado de la realidad material. Lo que está en juego no es solo la salud de comunidades lejanas o de gorilas. Es la habitabilidad misma del planeta a largo plazo y la definición de nuestra humanidad. Podemos seguir siendo la especie que envenena su propio nido por un like, un refresh o un nuevo modelo. O podemos ser la especie que, al enfrentar la verdad tóxica de su progreso, decide que la única tecnología verdaderamente avanzada es aquella que no deja un rastro de muerte. La próxima vez que sostengas un teléfono, recuerda: es una piedra de toque para tu ética. Puede ser un puente al mundo o un ladrillo más en el muro de nuestro sepulcro tóxico. La elección, literalmente, está en tus manos.

Se descubre cuántas veces en la vida las personas son capaces de enamorarse apasionadamente

La Sección Actualidad del sitio informativo de RT ("Rusia Today") publicó, el 13 de febrero de 2026, una nota sobre la experiencia del amor apasionado, justamente un día anterior a San Valentín, el Día de los Enamorados. "Un gran estudio estadounidense revela que el amor apasionado es una experiencia relativamente poco frecuente o ausente para muchas personas" nos dice la nota. Veamos qué dice la ciencia sobre este tema.

        "Si una persona se enamoró perdidamente antes, las posibilidades de volver a experimentarlo son escasas, según concluyeron psicólogos estadounidenses del Instituto Kinsey, tras calcular el promedio de experiencias de amor apasionado a lo largo de una vida humana. 

        Los investigadores encuestaron a 10.036 adultos solteros de entre 18 y 99 años en Estados Unidos. Se les planteó la misma pregunta: "¿Cuántas veces en tu vida has estado apasionadamente enamorado?". En promedio, los adultos informaron haber experimentado el amor apasionado aproximadamente dos veces en su vida (2,05 veces).

        Cabe destacar que, el 14 % nunca había experimentado el amor apasionado; mientras que el 28 % lo experimentó una vez; el 30 %, dos veces; el 17 %, tres veces y el 11 % lo había experimentado cuatro o más veces.

        "La gente habla constantemente de enamorarse, pero este es el primer estudio que realmente pregunta cuántas veces ocurre eso a lo largo de la vida", afirmó la Amanda Gesselman, científica del Instituto Kinsey y autora principal del estudio publicado en la revista Interpersona: An International Journal on Personal Relationships. "Para la mayoría de las personas, el amor apasionado resulta ser algo que ocurre solo unas pocas veces a lo largo de la vida", enfatizó.

        Los investigadores también estudiaron las experiencias de amor apasionado en diferentes grupos demográficos. En este caso, las diferencias resultaron mínimas, pero se encontró que los adultos mayores experimentaron el amor apasionado con mayor frecuencia que los adultos jóvenes.

        Esto, según los investigadores, sugiere que el amor trasciende todas las edades y puede manifestarse incluso en la vejez.

Fuente: Del sitio informativo de RT ("Rusia Today") de la Federación Alemana

https://actualidad.rt.com/actualidad/586971-amor-apasionado-frecuencia 

La imagen de portada pertenece a RT y lleva el siguiente epígrafe: "Se descubre cuántas veces en la vida las personas son capaces de enamorarse apasionadamente - Michael Blann / Gettyimages.ru" 

¿Fueron los gatos realmente adorados en el antiguo Egipto? Qué revelan las investigaciones sobre su trato en la antigüedad


La Sección Cultura del sitio informativo de Infobae compartió una publicación de la periodista Celeste Sawczuk del pasado 11 de febrero de 2026 donde analiza el lugar que ocupaban los gatos, como otros animales, en el amplio espectro de las creencias egipcias sobre la relación con los dioses. Pero los gatos ¿eran parte de ellos? Veamos este interesante análisis sobre este tema sobre el cual se ha hablado mucho sin saber demasiado, porque muchas cosas no se saben y las películas han tratado de llenar estos huecos y al final... mejor es informarse bien! 

        "El análisis de momias, arte y registros antiguos permite reconstruir el rol que tenían los felinos en esta antigua civilización. ¿Adoración sentimental o presencia motivada por razones funcionales y religiosas?

        Cuando se imagina la relación entre gatos y el antiguo Egipto, suele pensarse en una civilización que los veneraba casi como a divinidades y les prodigaba afecto sin reservas. Esta percepción, sin embargo, responde más a la sensibilidad contemporánea que a la realidad, mucho más pragmática y compleja, de los egipcios.

        En la cosmovisión del antiguo Egipto, los animales sagrados ocupaban un lugar central pero distante del afecto humano. El sistema de creencias egipcio era profundamente politeísta y flexible, permitiendo que los dioses adoptaran múltiples formas, incluidas las de animales.

        Las deidades podían manifestarse en sueños, en elementos del paisaje o en seres vivos. Como explica Price, especialista citado por HistoryExtra: “Los animales no eran venerados, sino que funcionaban como un intermediario entre la humanidad y los dioses”.

         Esta lógica no se aplicaba solo a los gatos. National Geographic confirma que otras especies, como cocodrilos, halcones, ibis y toros, también desempeñaban un papel ritual.

La diosa Bastet y los rituales votivos explican el rol central de los gatos en templos y rituales del antiguo Egipto - (Imagen Ilustrativa Infobae)

        Los sacerdotes consideraban a los animales como vehículos de lo divino, nunca como objetos de afecto personal. Por esta razón, los egipcios realizaban ofrendas votivas —que incluían animales sacrificados y momificados— para solicitar favores, protección, fertilidad o salud.

        El caso del gato resulta especialmente ilustrativo. Su importancia derivaba de su asociación con la diosa Bastet y de su utilidad práctica en la protección contra plagas. Según National Geographic, los gatos pequeños solían convivir con los egipcios porque ayudaban a controlar alimañas en hogares y graneros. Esta cercanía, sin embargo, tenía un trasfondo funcional, no afectivo.

        A partir del primer milenio a.C., la cría de animales con fines religiosos se expandió notablemente. Ambos medios coinciden en que, especialmente en el Período Tardío, los templos egipcios mantenían una producción animal masiva destinada al sacrificio ritual y la momificación.

El antiguo Egipto consideraba sagradas a varias especies animales, como cocodrilos, halcones e ibis, atribuyéndoles funciones de intermediarios divinos - (Imagen Ilustrativa Infobae)
 

        HistoryExtra detalla: “Decenas de miles, cientos de miles, millones de gatos y gatitos fueron criados y se les rompió el cuello como parte de una enorme industria de muertes de animales para servir como ofrendas votivas a los dioses”. Las excavaciones en centros de culto como Bubastis han revelado extensos cementerios felinos.

        El propósito de estas prácticas se alejaba del cariño sentimental. Price compara la compra de un gato momificado en la antigüedad con encender una vela en la actualidad buscando la intercesión divina. El objetivo era atraer una respuesta de los dioses, nunca fortalecer un vínculo afectivo.

        La figura de Bastet, que inicialmente era representada como leona y luego como gato doméstico, encarna la complejidad de la relación egipcia con los felinos. Bastet tenía una naturaleza dual: podía ser madre protectora y, al mismo tiempo, mostrarse violenta y agresiva. Las ofrendas votivas a Bastet incluían estatuillas, inscripciones y momias de gatos, que expresaban deseos de salud y fertilidad.

La protección contra plagas justificaba la presencia de gatos en hogares y graneros, en un contexto funcional y no sentimental - (Imagen Ilustrativa Infobae)

        Aunque en ocasiones los gatos compartían el espacio doméstico con los egipcios, la idea moderna de “mascota” no se corresponde con el trato real que recibían. Es por eso que los lazos afectivos al estilo contemporáneo no existían para ellos. La presencia felina en los hogares respondía a necesidades prácticas más que a un sentimiento de afinidad.

        Sin embargo, los egipcios sí admiraban la combinación de elegancia y peligro en los felinos, características que, según el Centro de Investigación Estadounidense en Egipto, también atribuían a las divinidades. Esta admiración, no obstante, no se traducía en una relación emocional semejante a la actual.

        Las evidencias arqueológicas refuerzan la dimensión ritual y funcional de los gatos en Egipto. El hallazgo de millones de momias felinas en necrópolis como Saqqara y Bubastis muestra hasta qué punto la cría de gatos se convirtió en una industria controlada por los templos. Los animales eran seleccionados, sacrificados y momificados siguiendo prácticas estandarizadas, y su adquisición representaba un acto piadoso para los fieles, no una muestra de amor animal.

La cría masiva de gatos para sacrificios y momificación fue una industria importante durante el Período Tardío egipcio - (Imagen Ilustrativa Infobae)

        Otra manifestación del valor atribuido a los gatos era su representación en el arte y la iconografía. Frescos, estatuillas y relieves muestran felinos en escenas cotidianas y rituales, pero siempre como símbolos de protección y fertilidad, no como compañeros emocionales. Incluso cuando aparecen junto a niños o familias, los gatos mantienen un aura de misterio y poder.

        En definitiva, la imagen romántica de la adoración sentimental por los gatos en el antiguo Egipto revela más sobre la forma en que hoy concebimos a estos animales que sobre las creencias y costumbres reales de esa civilización.

        En Egipto, la multiplicación de gatos respondía a una lógica religiosa y utilitaria, y su legado perdura como ejemplo de cómo la humanidad puede atribuir significados simbólicos y prácticos a los animales sin necesidad de establecer un vínculo afectivo."

Fuente: Del sitio informativo de Infobae

https://www.infobae.com/cultura/2026/02/12/fueron-los-gatos-realmente-adorados-en-el-antiguo-egipto-que-revelan-las-investigaciones-sobre-su-trato-en-la-antiguedad/ 

La imagen de portada pertenece a Infobae y lleva el siguiente epígrafe: "Los egipcios criaban millones de gatos por motivos religiosos y prácticos, sin desarrollar vínculos afectivos con ellos - (Imagen Ilustrativa Infobae)". 

Rima XXIX


por Gustavo Adolfo Bécquer,
poeta y escritor español (1836-1870) 

"La novia de las canciones sagradas" de Gaetano Motelli 

Fuente: Del sitio de facebook de I-Letrado



La casada infiel (fragmento)


por Federico García Lorca,

poeta y dramaturgo español (1898-1936)

Fuente: Del sitio de facebook de I-Letrado


Virginidad

 por Anna Świrszczyńska,

poetisa polaca (1909-1984)



Fuente: Del sitio de facebook de I-Letrado