Al que está solo

 


por Jorge Luis Borges,
poeta argentino (1899-1986)
Ya no es mágico el mundo. Te han dejado. 
Ya no compartirás la clara luna
Ni los lentos jardines. Ya no hay una
Luna que no sea espejo del pasado,
Cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
Que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
La fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
Sino lo que no tiene y no ha tenido
Nunca, pero no basta ser valiente
Para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
Y te puede matar una guitarra. 


Fuente: Del sitio de facebook de Daniel Adrián Madeiro, del diario argentino La Nación, Buenos Aires, año 1965. 

Detente, sombra de mi bien esquivo


por Sor Juana Inés de la Cruz,
poetisa mexicana (1648-1695) 



Fuente: Del sitio de facebook de Literatura 451

Aparición urbana

por Oliverio Girondo,
poeta argentino (1891-1967)

¿Surgió de bajo tierra?¿Se desprendió del cielo?Estaba entre los ruidos,herido,malherido,inmóvil,en silencio,hincado ante la tarde,ante lo inevitable,las venas adheridasal espanto,al asfalto,con sus crenchas caídas,con sus ojos de santo,todo, todo desnudo,casi azul, de tan blanco.
Hablaban de un caballo.Yo creo que era un ángel. 


Fuente: Del sitio de facebook de I-Letrado. 

 


Casi-elegía


por Federico García Lorca,
poeta y dramaturgo (1898-1936)

¡Tanto vivir!¿Para qué? El sendero es aburridoy no hay amor bastante.
Tanta prisa.¿Para qué?Para tomar la barcaque va a ninguna parte.
¡Amigos míos, volved!¡Volved a vuestro venero!No derraméis el almaen el vasode la Muerte. 

Fuente: Del sitio de facebook de I-Letrado.

 FFuen

Canción de la muerte pequeña

por Federico García Lorca,
poeta y dramarturgo español (1898-1936)

Prado mortal de lunas

y sangre bajo tierra.

Prado de sangre vieja.


Luz de ayer y mañana.

Cielo mortal de hierba.

Luz y noche de arena.


Me encontré con la muerte.

Prado mortal de tierra.

Una muerte pequeña.


El perro en el tejado.

Sola mi mano izquierda

atravesada montes sin fin

de flores secas.

Catedral de ceniza.

Luz y noche de arena.

Una muerte pequeña.


Una muerte y yo un hombre. 

Un hombre solo, y ella

una muerte pequeña. 


Prado mortal de luna,

la nieve gime y tiembla

por detrás de la puerta.


Un hombre ¿y qué? Lo dicho.

Un hombre solo, y ella, 

Prado, amor, luz y arena. 


Fuente: Del sitio de facebook de I-Letrado

Canción del jinete

por Federico García Lorca,
poeta y dramaturgo español (1898-1936) 

Córdoba.Lejana y sola.
Jaca negra, luna grande,y aceitunas en mi alforja.Aunque sepa los caminosyo nunca llegaré a Córdoba.
Por el llano, por el viento,jaca negra, luna roja.La muerte me está mirandodesde las torres de Córdoba.
¡Ay qué camino tan largo!¡Ay mi jaca valerosa!¡Ay, que la muerte me espera,antes de llegar a Córdoba!
Córdoba.Lejana y sola. 

Fuente: Del sitio de facebook de I-Letrado.  

 



El poeta y la muerte

por Antonio Machado,

poeta español (1875-1939)

Se le vio caminar sólo con Ella,

sin miedo a su guadaña.

-Ya el sol en torre y torre: los martillos

en yunque y yunque de las fraguas. 

Hablaba Federico,

requebrando a la muerte. Ella escuchaba.

"Porque ayer en mi verso, compañera,

sonaba el golpe de tus secas palmas,

y diste el hielo a mi cantar, y el filo

a mi tragedia de tu hoz de plata,

te cantaré la carne que no tienes,

los ojos que te faltan,

tus cabellos que el viento sacudía,

los rojos labios donde te besaban...

Hoy como ayer, gitana, muerte mía,

qué bien, contigo a solas,

por estos aires de Granada, ¡mi Granada!"

Fuente: Del sitio de facebook de I-Letrado

Retrato de García Lorca

por Alfonsina Storni,
poetisa suizo-argentina (1892-1938)
Apagadle
la voz de madera,
cavernosa,
arrebujada
en las catacumbas nasales.

Libradlo de ella,
y de sus brazos dulces,
y de su cuerpo terroso.

Forzadle sólo,
antes de lanzarlo
al espacio,
el arco de las cejas
hasta hacerlos puentes
del Atlántico,
del Pacífico...

Por donde los ojos,
navíos extraviados,
circulen
sin puertos
ni orillas...

Fuente
:
Del sitio de facebook de I-Letrado

Háblame, Gran Osa

 

Hay cosas que el corazón guarda

que la lengua está demasiado cansada para nombrar.


Así que acércate, Gran Osa

siéntate conmigo 

bajo las viejas montañas,

donde el viento recuerda

lo que hemos olvidado.


Háblame de los inviernos

que intentaron hacernos pequeños,

de los ríos que siguieron fluyendo

incluso cuando las piedras 

se interponían en su camino.


Dime por qué la luna

sigue saliendo para los que lloran,

por qué las estrellas permanecen

cuando un ser querido se ha ido 

más allá del camino.


He cargado el silencio

como un pesado bulto 

sobre mi espalda.


He caminado a través 

de las estaciones

con oraciones guardadas 

bajo mis costillas.

Pero tú conoces este lenguaje

el lenguaje del bosque,

el lenguaje de las huellas en la nieve,

el lenguaje de un fuego

que susurra en la noche.


No me pides que sea fuerte.

Simplemente siéntate a mi lado.


Y de alguna manera,

eso es suficiente.


Tus grandes patas descansan 

sobre la tierra

como si le recordaran al suelo

que aún estoy aquí.


Que mi sangre todavía recuerda

las canciones de quienes 

me precedieron.


Que la tristeza no es el final 

de la historia.


Incluso el árbol más viejo

debe perder sus hojas

antes de aprender a dar la bienvenida a la primavera.


Así que, si hay algo

que aún no puedo decir,

déjame dejártelo aquí contigo


entre las agujas de pino,

bajo la luna vigilante,

donde nuestros ancestros

pueden oírnos.


Háblame, Gran Oso.


No con palabras.


Dime con tu silencio

que no camino solo.


Y cuando llegue la mañana,

camina conmigo un poco más lejos.


Porque he aprendido

que a veces la sanación

no llega como un trueno.


A veces,

es simplemente

un gran oso a tu lado,

respirando lentamente al amanecer,

recordándole a tu corazón cansado

que aún eres parte de la tierra,

y la tierra no te ha olvidado.

🎨 Arte de Serín Alar  

🖊️Poema: Piahn

Indigenous Rhythm Circle

Fuente: Del sitio de facebook Ciencia de la MENTE Argentina - Centro argentino de Ciencia de la Mente.

Utopía de un hombre que está cansado

por Jorge Luis Borges,
poeta argentino (1899-1986) 


"Llamóla Utopía, voz griega cuyo significado es no hay tal lugar. Quevedo.

(...)

El camino era desparejo. Empezó a caer la lluvia. A unos doscientos o trescientos metros vi la luz de una casa. Era baja y rectangular y cercada de árboles. Me abrió la puerta un hombre tan alto que casi me dio miedo. Estaba vestido de gris. Sentí que esperaba a alguien. No había cerradura en la puerta.

Entramos en una larga habitación con las paredes de madera. Pendía del cielorraso una luz amarillenta. La mesa, por alguna razón, me extrañó. En la mesa había una clepsidra, la primera que he visto, fuera de algún grabado en acero. El hombre me indicó una de las sillas.

Ensayé diversos idiomas y no nos entendimos. Cuando él habló lo hizo en latín. Junté mis ya lejanas memorias de bachiller y me preparé para el diálogo.

-Por la ropa -me dijo- veo que llegas de otro siglo. La diversidad de las lenguas favorecía la diversidad de los pueblos y aun de las guerras; la tierra ha regresado al latín. Hay quienes temen que vuelva a degenerar en francés, en lemosín o en papiamento, pero el riesgo no es inmediato. Por lo demás, ni lo que ha sido ni lo que será me interesan.

(...)

-¿No te asombra mi súbita aparición?

-No -me replicó-, tales visitas nos ocurren de siglo en siglo. No duran mucho; a más tardar estarás mañana en tu casa.

La certidumbre de su voz me bastó. Juzgué prudente presentarme:

-Soy Eudoro Acevedo. Nací en 1897, en la ciudad de Buenos Aires. He cumplido ya setenta años. Soy profesor de letras inglesas y americanas y escritor de cuentos fantásticos.

-Recuerdo haber leído sin desagrado -me contestó- dos cuentos fantásticos. Los viajes del capitán Lemuel Gulliver, que muchos consideran verídicos, y la Suma Teológica. Pero no hablemos de hechos. Son meros puntos de partida para la invención y el razonamiento. En las escuelas nos enseñan la duda y el arte del olvido. Ante todo el olvido de lo personal y local. Vivimos en el tiempo que es sucesivo, pero tratamos de vivir sub specie aeternitatis. Del pasado nos quedan algunos nombres, que el lenguaje tiende a olvidar. Eludimos las inútiles precisiones. No hay cronología ni historia. No hay tampoco estadísticas. Me has dicho que te llamas Eudoro; yo no puedo decirte cómo me llamo, porque me dicen alguien.

-¿Y cómo se llamaba su padre?

-No se llamaba.

En una de las paredes vi un anaquel. Abrí un volumen al azar; las letras eran claras e indescifrables y trazadas a mano. Sus líneas angulares me recordaron el alfabeto rúnico, que, sin embargo, solo se empleó para la escritura epigráfica. Pensé que los hombres del porvenir no solo eran más altos sino más diestros. Instintivamente miré los largos y finos dedos del hombre.

Este me dijo:

-Ahora vas a ver algo que nunca has visto. Me tendió con cuidado un ejemplar de la Utopía de More, impreso en Basilea en el año 1518 y en el que faltaban hojas y láminas.

No sin fatuidad repliqué:

-Es un libro impreso. En casa habrá más de dos mil. aunque no tan antiguos ni tan preciosos.

Leí en voz alta el título.

El otro se rio.

-Nadie puede leer dos mil libros, En los cuatro siglos que vivo no habré pasado de una media docena. Además no importa leer sino releer. La imprenta, ahora abolida, ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios."

            "El libro de arena", 1975.

Ilustración: Carlos Alonso.

Fuente: Del sitio de facebook de JLBorges II, por Silvia Wahlers.