China pone a trabajar miles de patos en sus campos y mejora de manera sorprendente la calidad de los cultivos


La Sección Mundo del diario Uno de la República Argentina del pasado 19 de julio de 2026 publicó una nota alentadora: China mejora sus cultivos gracias a los patos. Aunque usted no lo crea, este país está probando nuevas formas de cultivos y protección de los mismos con métodos naturales, evitando los agroquímicos y formas contaminantes de trabajar el agro. A ver qué les parece esta forma patística (por los patos) de actuar! La nota es de la periodista Valentina Araya

        "En un contexto donde la agricultura busca producir más con un menor impacto ambiental, un China encontró una solución tan inesperada como efectiva. Se trata de utilizar miles de patos para cuidar sus cultivos.

        Lejos de ser una simple tradición rural de China, esta práctica con estos animales se convirtió en una estrategia clave para combatir plagas, mejorar la calidad del suelo y reducir el uso de productos químicos.


China encontró una solución inesperada para sus cultivos: miles de patos contra las plagas

        En distintas provincias de China, especialmente en los arrozales, los agricultores liberan miles de patos para que recorran los campos. Mientras avanzan, las aves se alimentan de insectos, caracoles, malezas y otras plagas que afectan al arroz. Al mismo tiempo, sus desechos actúan como fertilizante natural, enriqueciendo la tierra sin necesidad de recurrir a abonos sintéticos.

        Este método permite disminuir el uso de pesticidas, reducir costos de producción y obtener cultivos más sostenibles. Además, el movimiento constante de los patos ayuda a oxigenar el agua de los arrozales y dificulta el crecimiento de malezas, creando un equilibrio natural que favorece el desarrollo de las plantas.


Los patos en China

        Aunque existen experiencias similares en otros países asiáticos, China es la nación que más ha impulsado esta práctica y la ha convertido en un símbolo de su agricultura sostenible. El sistema demuestra que, en algunos casos, las soluciones más innovadoras no requieren grandes avances tecnológicos, sino aprovechar los procesos de la naturaleza para producir alimentos de manera más eficiente y respetuosa con el medioambiente.

        La ventaja no termina en el cultivo. Cuando termina la temporada del arroz, los agricultores pueden aprovechar los propios patos como fuente adicional de alimento o ingresos, creando un sistema donde una misma actividad produce varios beneficios. Aunque parece una innovación moderna, el uso de patos en los campos de arroz tiene raíces antiguas en Asia. Durante generaciones, agricultores chinos combinaron la cría de animales con la producción agrícola siguiendo un principio conocido como agricultura integrada, donde los residuos de una actividad sirven para beneficiar a otra." 

Fuente: Del sitio informativo del diario Uno de la República Argentina

https://www.diariouno.com.ar/sociedad/china-pone-trabajar-miles-patos-sus-campos-y-mejora-manera-sorprendente-la-calidad-los-cultivos-n1576307#google_vignette

La imagen de portada pertenece a Uno y lleva el siguiente epígrafe: "En China, miles de patos trabajan en los campos para mejorar la calidad del suelo, representando un avance en agricultura sostenible."

Rachel Carson, la que salió a decir la verdad



(en preparación) 

Braindedd


Sabía perfectamente que se estaba muriendo. Sabía que la tildarían de loca, de histérica y de ignorante. Le dio igual. Se sentó a escribir el libro de todos modos.

Su nombre era Rachel Carson. En 1962 cometió el peor pecado para la industria estadounidense de la posguerra: salir a decir la verdad en voz alta.

Hacía tiempo que venía atando cabos en silencio. Le inquietaba que los pájaros aparecieran tiesos en los jardines de las afueras, que las aguas de los arroyos bajaran llenas de peces flotando y que los granjeros rociaran toneladas de químicos sobre los campos sin que nadie se molestara en preguntar qué mierda le hacía todo eso a la tierra, a los animales y a la gente que se comía esas cosechas.

Tiró de la piola y lo que encontró fue de terror.

Los pesticidas que se vendían como la solución mágica para todo —con el famoso DDT a la cabeza— no se quedaban tranquilos en el pasto. Se metían en la tierra, contaminaban las napas de agua, se acumulaban en la grasa de las aves y terminaban en el cuerpo de los seres humanos. Nadie estaba estudiando el impacto real a largo plazo.

Ella lo documentó todo. Con una paciencia infinita, con datos duros, con referencias científicas inapelables y con una frialdad que asustaba. Tituló el libro Primavera silenciosa, una metáfora demoledora sobre un futuro no muy lejano donde marzo llegara sin el canto de los pájaros.

Sabía la que se le venía encima. Y no se equivocó.

La industria química desembolsó millones para despedazar su reputación. La llamaron de todo: histérica, fanática, emocional, una solterona senil que prefería a las alimañas antes que al progreso humano. Un ejecutivo llegó a decir en televisión que lo que ella quería era devolverle el planeta a los insectos. Intentaron ningunearla como si fuera una aficionada que no entendía de química, ignorando a propósito que Carson tenía un posgrado en zoología, años de trabajo en el servicio de pesca y una carrera intachable como divulgadora.

Pero lo que la prensa y los magnates no sabían era que Rachel estaba librando otra batalla en secreto. Tenía un cáncer de mama brutal que ya le había hecho metástasis.

Se lo guardó bajo siete llaves. Tenía pánico de que la industria usara su enfermedad para desacreditarla, argumentando que sus denuncias eran el delirio de una mujer resentida por el dolor. Así que se bancó la quimioterapia en silencio, disimuló el deterioro físico y en 1963, cuando el Senado la citó a declarar, se plantó en esa sala demacrada pero impecable, a responder preguntas durante horas.

No fue a dar lástima. Fue a decirles en la cara que los ciudadanos tenían derecho a saber con qué estaban envenenando su comida. Les dijo que el gobierno estaba mirando para otro lado y que quedarse callados ya era un crimen.

El presidente John F. Kennedy terminó ordenando una investigación oficial a su equipo de científicos. El dictamen final le dio la razón en casi todo.

Rachel Carson murió en abril de 1964, apenas dieciocho meses después de lanzar el libro. Tenía 56 años. No llegó a ver la prohibición del DDT en Estados Unidos, ni la fundación de la Agencia de Protección Ambiental en 1970, ni el primer Día de la Tierra, ni la avalancha de leyes ecológicas que desencadenó su trabajo. No estuvo viva cuando el mundo por fin tuvo que agachar la cabeza y admitir que la mujer tenía razón.

Pero terminaron admitiéndolo.

Las águilas calvas volvieron a los cielos de Norteamérica. Los halcones peregrinos salieron del peligro de extinción. Y una generación entera de científicos aprendió que el deber de la ciencia no es solo descubrir cosas, sino también dar la alarma cuando estamos metiendo la pata.

Carson no escribió ese libro buscando aplausos ni dinero. Lo escribió porque vio la catástrofe que se venía y entendió que la neutralidad era una cobardía mortal.

A veces, la mayor muestra de coraje consiste en sentarte a la mesa, mientras el cuerpo se te cae a pedazos, a redactar la advertencia que nadie en el mundo quiere escuchar.

Ella la redactó. Y si hoy las primaveras siguen teniendo música, es en gran parte gracias a ella. 

Malvinas: Carta de un marino inglés

 

(EN PREPARACIÓN)

Diego Weinsteinha publicado enHistorias Perdidas y Encontradas de Bs.As y Argentina

 

RECORDANDO MALVINAS “CARTA DE UN MARINO INGLES”

La carta fue escrita a su esposa, por el Marino y Oficial Británico David Tinker antes de morir en el HMS Glamorgan, el 12 de junio de 1982, atacado por un misil Exocet MM-38 argentino (MM-38 / Mar Mar-38) lanzado desde tierra con el sistema ITB. (Instalación de Tiro Berreta)

Querida Christine:

Es muy fácil comprender cómo se ha desatado la guerra: nuestra Primera Ministra se imaginó que era Churchill desafiando a Hitler, y la Marina la apoyó para obtener publicidad y popularidad rápidamente. Estoy seguro de que de esta destrucción sólo se beneficiarán Mrs. Tacher y los fabricantes de armas.

Lo que más me apena es que no hay causa para esta guerra, y si somos honestos, los argentinos son mucho más patriotas con respecto a las Malvinas que nosotros con las Falklands. Y lo que la primera ministra no comprende, es que los argentinos creen firmemente que las Malvinas son de ellos.

Han enviado contra nosotros pilotos en misiones suicidas, en viajes sin regreso, porque estamos fuera de su alcance, y eso que ellos no tienen helicópteros de rescate en el mar para recuperar después a los pilotos.

Los pilotos argentinos enfrentan cada día misiles antiaéreos de aplastante superioridad.

Realmente, la valentía de esos hombres demuestra que tienen mucho más que un tibio interés en estas islas.

Considerando la tragedia, la angustia, y el horror de las vidas perdidas, que han sido sacrificadas de buena gana por los políticos para tapar la ineptitud y necedad de su gobierno, considerando además los resultados en dolor, pérdidas económicas y pérdidas de buques para Gran Bretaña, me parece a mí que esta es la guerra más inútil que Gran Bretaña ha hecho en toda su historia.

Espero que todo esto termine pronto... Creo que los argentinos ya han demostrado honorablemente su valentía.

David

Fuente: Periodista y analista político Ric Sar Ricardo Sarmiento.

Libro: Malvinas. Cartas de un marino inglés. “David Tinker”. Compilada por Hugh Tinker.

Editorial EMECE. – 1984 -

Foto: Orden Héroes de Malvinas a lo Servicios Distinguidos en Malvinas. Fuerza Aérea Argentina.

Colección Miguel Ángel Martinez

Malvinas: el apogeo de la impunidad

 

(en preparación) 

Pensamiento Discepoleano


MALVINAS, ESCUCHEMOS AL ESTAQUEADO

EL APOGEO DE LA IMPUNIDAD

Damas y caballeros, somos unos hijos de los eufemismos. Transitamos la Era del eufemismo. Nuestra historia se puede relatar desmenusándolos.

Antes de desembocar en la herida de Malvinas, un muestrario de eufemismos naturalizados. Por empezar, el alevoso de Hiroshima y Nagasaki. El anuncio de esos “exitosos” estallidos dijo que se “soltaron” dos bombas. ¿Se soltaron o se arrojaron? Se soltaron “para conseguir la paz más rápido” ¡Flor de coartada! Más acá se perpetraron otros eufemismos; a los genocidios se los elogia, se los llama “guerras preventivas”. La madrequelosparió, y el padre.

Así vamos, meta eufemismos: al degüello laboral se le dice “racionalización”; a los desgajados se los nombra sujetos en “situación de calle”; los femicidios se justifican como “crímenes pasionales”; al hambre de millones se lo minimiza como “insuficiencia alimentaria”; las invasiones con sed de petróleo se rotulan “intervenciones para restaurar democracias”. Despabilémonos, salgamos de la indiferencia activa. Tanto cinismo es auspiciado por los elefantes medios de (des)comunicación que, campantes, naturalizan la voladura y cremación de escuelas, maternidades, aldeas. Entonces dicen “efectos colaterales” de “misiles inteligentes” ¿Errar es humano? Otra vez: la madre que los parió. Y el padre.

La costumbre del eufemismo lleva al apogeo de la impunidad. Los muchachos del Pentágono, ¿cómo nombran a la inocultable tortura? El colmo: le dicen “interrogatorios exigentes”. Por tercera vez: la madre que los parió. Y el padre. Y, ya que estamos, les abueles.

A propósito de torturas: en el nombre de patria aquí se torturó a rajacincha. En el año 1982 después de Cristo, en esta patria idolatrada, se desnucó la condición humana con la torturación de soldados malvinenses. Esa herida sangra ¿La censura silenció? La excusa destiñe: la censura fue cierta; la obsecuencia mediática ¿fue menos cierta?

Memoremos: la de Malvinas, fue una (des)guerra. Bravuconada etílica. Consagración de la absurdidad ¿Cuándo nos interrogaremos como sociedad: hasta qué punto nos estafaron y hasta qué punto nos dejamos estafar? También la (des)guerra sucedió al compás de entusiastas pulpos medios descomunicadores. Con el desembarco, pasamos de la euforia patética a la depresión vergonzante. Muchos argentinos –demasiados– vivieron la (des)guerra con la adrenalina de un Mundial. A décadas de aquella suicidante bravuconada, para la reconquista real tendremos que aprender modos de coraje menos sonoros; aprender que paciencia es lo contrario de resignación. Esto nos enseñan, sin el barullo de las palabras, las Madres Abuelas de Plaza de Mayo. Tan insomnes, tan porfiadas parteras de la memoria, ellas.

Por estos días el expediente referido a las torturas en Malvinas llegó a la Corte Suprema. Por fin revisará un fallo propio y definirá si las torturas a soldados son o no delitos de lesa humanidad, que no prescriben. Ahí tenemos la deuda externa (en dólares), y la deuda interna (traducida en pobreza, analfabetismo y analfabetización), y la deuda interior (la que consuma la desmemoria). Así es: hay asuntos de lesa humanidad que nos siguen pendientes. En la invasión cometida por nuestros corajudos de oficina hubo improvisación, cobardía, necedad. Y hubo torturadores de soldados propios. Flagelaron a jóvenes ateridos y aterrados. No usaron picanas persuasivas, estaquearon, horas enteras, a cuerpos de soldados hambreados. O los enterraron, de cuerpo entero, sólo con la cabeza libre. El reclamo de las víctimas, no es un yogur, no tiene vencimiento.

Aquella torturación continúa. Hay atrocidades que no prescribirán mientras el sol esté vivo.

Sucedió. Entre varios, más de un soldado, atravesado por el hambre, “robó una lata de dulce”; alguno salió desesperado por comida, “cazó una avutarda y la cocinó”. Se recuerda por la fecha al soldado estaqueado en la interminable noche del 25 de mayo de 1982… Hay un momento en el que las palabras enmudecen, pierden el pulso. Es ahí entonces cuando acudimos al levemovimiento de la crónicaquieta, hacia la leve ficción. Uno necesita que el grito alaride, y pide ayuda a la poesía.

Salgamos de la conciencia digestiva y vayamos con aquel soldado estaqueado. Noche, frío, plena intemperie, el soldado gime, llama a su madre. La suya no es pesadilla de almohada: sucede en carne viva. Ahí está él, arrojado a la absurdidad. Escuchemos al desguarnecido, ahora busca a su madre, tan lejana…

CRUZ DEL SUR, CRUZ EN EL SUR

–De espalda, solo, / de cara a todo el cielo, aquí estoy: / me han crucificado en la tierra, mamá. Y tengo frío. / Sol ¿hubo alguna vez?

Sin semblante y sin saliva, / el pavor anegó mi corazón. / Me duele tanto el aire, ¿cómo era respirar, mamá? / Y esta noche, qué oscura se ha vuelto la noche / sin una estrella sin el lucero sin un pedacito de luna.

Ay, si mañana va ser como hoy, no me despiertes, mamá.

(La noche y la intemperie, continúan implacables).

–¿Estás ahí? ¿Dónde estás? / Nadie. Nada. / Te estoy llamando, alarido, no me responde tu aliento.

Pobrecita mamá, pronto te dirán madre.

Ay, madre madre, ¿por qué me has abandonado?

–Hijo, hijito, ya vuelvo. He salido a buscar a la patria.

–No vayas, madre, detente: a la patria la han saqueado.

–Los saqueadores, hijo, ¿quiénes son?

–Son ellos: los que inflando el pecho y alzando el mentón miran los desfiles desde el palco. Los bien comidos los bien abrigados los mal paridos, / los que nunca rozaron el honor, / los que eructan el grito sagrado. / Son ellos, mamá: los siempre ilesos.

((Al estaqueado, contra la tierra tan crucificado, ahora el cielo lo mira desde muy arriba. Pero no se baja el cielo. Se queda en el cielo, el cielo. ¿Indiferente o estupefacto? ¿Aterrado o acielado?

¿Y Dios? Dios no puede no ver lo que ve / y entonces se tapa la mirada, se tapa el horror. / Dios mío, gime Dios.

Silencio y sur. Y cruz del sur. Y cruz en el sur.

La escandalosa impunidad de la nieve.

Damas y caballeros, aquí no ha pasado nada. / Como siempre.

Pero a las palabras que se lleva el viento, / el mismo viento las devuelve. / Por favor, sigamos escuchando:

–Madre, madre, ¿por qué me has abandonado?

–Hijo, hijito, he salido a buscar a la patria.

–Madre, para qué, / si a la patria no le quedan ni los mástiles.

–Encontraré, hijito, encontraré a la patria…

–¿Dónde?

–Debe estar escondida, guardándose…

–¿Dónde dónde?

–Se me hace que vientre adentro de la Mapatria Grande.

–Vuelve pronto, madre.

–Seguro que volveré.

–Pero si mañana es como este 25 de mayo de 1982, / por piedad, no intentes despertarme. / No, no quiero día de mañana. / Y sé buena, rápido coseme los párpados. (Rodolfo Braceli, Página 12, 20/10/2021)

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Palabras a Delmira Agustini

por Alfonsina Storni,

poetisa suizo-argentina (1892-1938)

Estás muerta y tu cuerpo, bajo uruguayo manto,

Descansa de su fuego, se limpia de su llama, 

Sólo desde tus libros tu roja lengua llama

Como cuando vivías, al amor y al encanto. 


Hoy, si un alma de tantas, sentenciosa y oscura,

Con palabras pesadas va a sangrarte el oído,

Encogida en tu pobre cajoncito roído

No puedes contestarle desde tu sepultura.

Delmira Agustini, fallecida en 1913

Pero sobre tu pecho, para siempre deshecho,

Comprensivo vigila, todavía, mi pecho.

Y, si ofendida lloras por tus cuencas abiertas


Tus lágrimas heladas, con mano tan liviana

Que más que mano amiga parece mano hermana,

Te enjugo dulcemente las tristes cuencas muertas. 


Fuente: Del libro "Antología Poética" de la Biblioteca Clásica y Contemporánea de Editorial Losada, séptima edición 1976, Buenos Aires, Argentina. Impreso en la Argentina. 


El ruego

por Alfonsina Storni,
poetisa suizo-argentina (1892-1938) 

Señor, Señor: hace ya tiempo, un día,

Soñé un amor como jamás pudiera

Soñarlo nadie, algún amor que fuera

la vida toda, toda la poesía. 


Y pasaba el invierno y no venía,

Y volvía a llegar la primavera,

Y el verano de nuevo persistía, 

Y me  hallaba el otoño con mi espera. 



Señor, Señor: mi espalda está desnuda;

Haz restallar allí con mano ruda

El látigo que sangra a los perversos!


Que está la tarde ya sobre mi vida,

Y esta pasión ardiente y desmedida

La he perdido, Señor, haciendo versos!

                            Ilustración de Álvarez

Fuente: Del sitio de la Biblioteca Nacional de España, Hemeroteca Digital. Revista Caras y Caretas del 4 de diciembre de 1920, número 1157, Buenos Aires, República Argentina. 

La imagen de portada pertenece a la artista plástica Olga Dandorf y se titula "Esperando"

Esta tarde

 

 por Alfonsina Storni,

poetisa suizo-argentina (1892-1938)

Ahora quiero amar algo lejano…

algún hombre divino

que sea como un ave por lo dulce,

que haya habido mujeres infinitas

y sepa de otras tierras, y florezca

su palabra en sus labios, perfumada:

suerte de selva virgen bajo el viento…


Y quiero amarlo ahora. Está la tarde

blanda y tranquila como musgo espeso.

Tiembla mi boca y en mis dedos finos

se deshacen mis trenzas lentamente. 


Siento un vago rumor… Toda la tierra

está cantando dulcemente… Lejos

los bosques se han cargado de corolas, 

desbordan los arroyos de sus cauces,

y las aguas se filtran en la tierra

así como mis ojos en los ojos

que estoy soñando embelesada…


Pero

ya está bajando el sol tras de los montes…

las aves se acurrucan en sus nidos…

la tarde ha de morir y él está lejos…

lejos como este sol que para nunca

se marcha y me abandona, con las manos

hundidas en las trenzas, con la boca

húmeda y temblorosa, con el alma

sutilizada, ardida en la esperanza

de este amor infinito que me vuelve

dulce y hermosa…

Ilustración de Larco 

Fuente: Del sitio de la Biblioteca Nacional de España, Hemeroteca Digital. Revista de Caras y Caretas, 28 de agosto de 1920, número 1.143, Buenos Aires, Argentina. 

La obra pictórica de portada pertenece a William-Adolphe Bouguereau (1825-1905), "Flora And Zephyr" , 1875.

Relato de Lunita Alegre en Malvinas

 (en preparación)



Malvinas Historias de Coraje


𝐑𝐞𝐥𝐚𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐑𝐨𝐥𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐄𝐬𝐭𝐞𝐛𝐚𝐧 “𝐋𝐮𝐧𝐢𝐭𝐚” 𝐀𝐠𝐮𝐢𝐫𝐫𝐞

𝘙𝘦𝘭𝘢𝘵𝘰 𝘦𝘹𝘵𝘳𝘢𝘪𝘥𝘰 𝘥𝘦𝘭 𝘭𝘪𝘣𝘳𝘰 𝘊𝘢𝘳𝘵𝘢𝘴 𝘥𝘦 𝘭𝘢 𝘨𝘶𝘦𝘳𝘳𝘢

Mi apellido es Aguirre, Rolando Esteban, soldado clase 62, de la ciudad de Quitilipi, Chaco. Presté servicio militar en el Regimiento Infantería 12, Mercedes, Corrientes. Mi partida del Regimiento 12 fue en tren hasta Río Negro y después nos llevaron en un avión de Aerolíneas Argentinas a las islas, a Puerto Argentino, y de ahí nos llevaron a Puerto Darwin, en un helicóptero Chinook. Mi posición de combate era sección de apoyo. Cuando estuvimos en Darwin, nos tocó cerca de la pista de Pucarás. Me dicen Luna o Lunita. ¿Por qué me dicen así? Es una historia vieja, de antes de la guerra. 

El 1º de mayo fue el primer ataque aéreo y yo recibí la orden del teniente Primero Muñoz Cabrera que agarre el tractor azul marca Ford, que cargue la munición y siga a mi sección. Cuando atacaron a los aviones Pucará la onda expansiva me tiró como cincuenta metros. Volé en el aire. Para mí en ese momento empezó la guerra y me di cuenta lo que era disparar munición de fogueo y lo que era la guerra de verdad. Ahí vi los primeros muertos en la pista, murieron algunos pilotos, mecánicos y soldados que estaban limpiando. Ese fue el inicio de la guerra para mí. 

No recibí ninguna carta. Aunque algunos soldados recibían, casi que no nos llegaba nada, en realidad. Luego de volver, supe que mandaban muchas cosas pero no nos llegaba casi nada. Estábamos muy lejos de Puerto Argentino. Cada tanto los helicópteros nos tiraban bolsas con raciones de comida. Escribí una sola carta para mi familia. Fue antes de ir a las islas. Y ya estando en las islas recibí una sola carta de mi familia que decía que me quede tranquilo, que no iba a pasar nada. Luego de eso, perdí todo el contacto con mi familia. No sé si eso te hace más fuerte. Tal vez. Te das cuenta de que estás solo, más allá de que tengas familia o no tengas familia. En los momentos límite de la vida es uno solo, no hay más. Es uno contra el mundo. 

Cuando íbamos viajando en los trenes y pasábamos las ciudades y los pueblos, la gente y los chicos se acercaban y te aplaudían, te saludaban, te daban cosas para comer, abrigos, de todo. En una de esas paradas de tren, nos llevaban a casas de familia a bañarnos. Yo tuve la suerte de que la casa de familia que me tocó a mí, me enteré mucho después, que la señora de esa casa le había escrito una carta a mi familia, y mi mamá no me lo había contado. Eso me enteré mucho después, cuando ya volví. Y a esa señora me la crucé de nuevo mucho después cuando volví y me dijo que todavía tenía una foto que nos sacamos ese día en el comedor de su casa. Una foto con un soldado argentino. Me dijo que todavía la guardaban. Luego no la vi más a esa señora. No sé exactamente qué decía esa carta porque nunca la vi, pero me dijeron que más o menos decía que el soldado tal –o sea yo– había pasado por acá, que me bañé, almorcé y cené con ellos y que estaba todo bien. 

En Darwin fue dura la vida pero el tiempo te va preparando, y uno va tomando confianza de lo que es la verdadera guerra, el verdadero combate, con armas de verdad, y enfrentar que sos vos o el enemigo. Y de repente te das cuenta que a tu lado tenes a los verdaderos hermanos, las verdaderas personas que van a dar la vida por vos, y uno se tiene que aferrar a eso. He perdido compañeros, hermanos, veteranos de guerra como Nestor Oscar que era de mi pueblo. Y bueno después tenemos miles de anécdotas de la guerra, de la vida allá, de todo. Muchas anécdotas. 

El tema de la comida fue difícil. Teníamos un compañero, de mi pueblo también, que era especialista en matar ovejas. Las guardábamos entre las mantas para hacerlas charque y así las comíamos, pero es como digo… El tiempo te va preparando y, bueno, la cosa era sobrevivir, sobrevivir a todo, a la vida, al enemigo. Estuvimos cuarenta y ocho días en Malvinas, algo así, y siempre recibimos ataques aéreos pero la matanza, por decirte así, fue cuando vino el Papa a la Argentina. No quiero decir que el Papa nos traicionó pero si quiero decir que la Argentina le hizo, tal vez, mucho caso al Papa. Todos nos preparamos para venir al continente, terminaba la guerra, y resulta que cuando nosotros salimos de las posiciones fue donde los ingleses desembarcaron para hacer lo que hicieron, desembarcar y tomar la isla. O sea, que no quiero decir que estuvo en contra nuestra el Papa ni nada por el estilo, pero sí que la Argentina fue la única que le hizo caso al Papa. 

Me acuerdo bien que cuando nos quedamos sin posición, tuvimos que enfrentarnos a ellos sin posición. Nos bombardearon la retaguardia y tuvimos que hacerle frente a ese desembarco y, bueno, ahora me viene a la memoria, después de tanto que pasó la guerra me encuentro al padre Mora que era quien nos daba misa en Malvinas. 

Pero fue ese momento donde Argentina realmente pierde la guerra. Enfrentamos a los ingleses sin posición y con poco armamento. Aparte de estar agotados de tantos días de recibir ataques aéreos y navales, y con la escasez de comida y el frío. Teníamos el mundo en contra pero yo creo que el soldado argentino dio todo lo que tenía. No, no dio todo lo que tenía, dio más. Le juramos a la bandera defender a la Patria hasta perder la vida, así que nos plantamos ahí, con lo que había, y peleamos. 

Con mi familia no hablé nunca de la guerra ni me hicieron preguntas ni nada. Hoy me doy cuenta que a la vuelta era, tal vez, el momento de tener un acercamiento más con la familia o afianzarse eso, pero, bueno, no se dio. Eso no quiere decir que no era una familia. Pero, bueno, no se dio. No sé por qué no me preguntaban pero era como un tema que no se tocaba. Yo siempre aconsejo a las personas, a mis compañeros, pregúntele a su hijo como le fue en la escuela, si le fue bien o mal, ¿qué tal te fue en el trabajo? Algo, porque es lo que uno espera. En mi caso no se dio. Es lo que me tocó y así me tocó salir adelante. 

Yo me siento bien pero la herida siempre queda. Con mis hijos siempre hablo y ellos saben de mi boca lo que viví. Yo no puedo decir otra cosa que no haya vivido yo y no puedo hablar por otro, pero ellos saben bien lo que yo viví por mi boca. Y está bien que así sea. Eso está bien Ver menos

Así informaron en Francia la muerte del General José de San Martín

 


Marta Isabel Regner Leonardt


ASÍ INFORMARON EN FRANCIA LA MUERTE DE JOSÉ DE SAN MARTÍN

El 21 de agosto de 1850, un diario de Boulogne-sur-mer publicó una necrológica que sorprende por lo completa y detallada. Escrita por un amigo francés, es una mimeografía exenta de algunas deformaciones de que fue objeto luego la trayectoria del Libertador

Adolph Gérard era el propietario de la casa que San Martín habitó en Boulogne-sur-mer durante poco más de un año y medio y en la cual murió. El general alquilaba un piso del edificio de la Grande Rue 105 –hoy propiedad de la República Argentina– en cuya planta baja residía el propio Gérard, abogado, periodista y por entonces director de la biblioteca de esa ciudad marítima del noroeste de Francia.

Gérard cultivó la amistad de San Martín en ese período y cuando éste murió auxilió a su hija y yerno en todos los trámites relativos a su sepelio. Días después, el 21 de agosto, publicó un extenso artículo en el diario local sobre la vida y la trayectoria político-militar de su ilustre inquilino.

Considerando que no se había escrito aún la historia de la Independencia Sudamericana y de sus protagonistas, y teniendo en cuenta también la inmediatez de esta publicación –hecha a tan sólo cuatro días de la muerte del general– cabe suponer que la fuente de los detallados conocimientos de que hace gala Adolph Gérard en su texto sobre la vida de San Martín era el mismo protagonista. De ahí su incalculable valor. Y por eso también la sorpresa ante la escasa atención que le prestaron posteriormente los estudiosos de la vida de San Martín a este texto, en el cual hay referencias a aspectos de su trayectoria que luego fueron reinterpretados, polemizados o silenciados por biógrafos supuesta mente más “rigurosos” y documentados. Un caso es el de la famosa entrevista de Guayaquil. Gérard refiere lo allí discutido –no habla de secreto– y da por cierta –citando un párrafo– una famosa carta de San Martín a Bolívar –posterior a su célebre encuentro– que hizo correr ríos de tinta a los historiadores en una interminable polémica sobre su autenticidad.

“Aunque cinco años mayor que su rival de gloria, (San Martín) le ofreció (a Bolívar) su ejército –dice Gérard sobre la entrevista que tuvo lugar en Guayaquil el 22 de julio de 1822–, le prometió combatir bajo sus órdenes, lo conjuró a ir juntos al Perú y a terminar allí la guerra con brillo, para asegurar a las desdichadas poblaciones de esas regiones el descanso que tanto necesitaban. Con vanos pretextos, Bolívar se negó. Su pensamiento no es, parece, difícil de penetrar: quería anexar el Perú a Colombia, como había anexado el territorio de Guayaquil. Para eso, debía concluir solo la conquista. Aceptar la ayuda de San Martín era fortalecer a un adversario de sus ambiciones. Bolívar sacrificó por lo tanto sin hesitar su deber a sus intereses”.

Y sobre la que se conoce como “carta de Lafond” por el nombre del autor francés que primero la publicó completa, agrega Gérard: “De Lima misma, y con fecha del 29 de agosto, había anunciado a Bolívar sus designios en una carta mantenida secreta hasta estos últimos años, y que es como un testamento político (…): ‘He convocado, le decía, para el 20 de septiembre, el primer congreso del Perú; al día siguiente de su instalación, me embarcaré para Chile, con la certeza de que mi presencia es el único obstáculo que le impide venir al Perú con el ejército que usted comanda… No dudo de que después de mi partida el gobierno que se establecerá reclamará vuestra activa cooperación, y pienso que usted no se negará a una tan justa demanda’”.

Otro detalle interesante en el artículo del Impartial de Boulogne-sur-mer es la síntesis que hace Gérard del pensamiento político de San Martín, en términos que iluminan la futilidad de la discusión sobre el monarquismo del Libertador; no porque lo niegue, sino porque lo explica, al ponerlo en contexto: “Partidario exaltado de la independencia de las naciones, sobre las formas propiamente dichas de gobierno no tenía ninguna idea sistemática. Recomendaba sin cesar, al contrario, el respeto de las tradiciones y de las costumbres, y no concebía nada menos culpable que esas impaciencias de reformadores que, so pretexto de corregir los abusos, trastornan en un día el estado político y religioso de su país: ‘Todo progreso, decía, es hijo del tiempo’. (…) Con cada año que pasa, con cada perturbación que padece, la América se acerca más aún a esas ideas que eran el fondo de su política: la libertad es el más preciado de los bienes, pero no hay que prodigarla a los pueblos nuevos. La libertad debe estar en relación con la civilización. ¿No la iguala? Es la esclavitud. ¿La supera? Es la anarquía”.

Gérard nos deja también una descripción del aspecto y carácter de San Martín por aquel entonces. Cabe señalar que, dos años antes de su muerte, en 1848, su hija Mercedes lo convenció de posar para un daguerrotipo, por entonces toda una novedad. Esa es por lo tanto la única “fotografía” que tenemos de él: aquella en la cual está sentado y luce el cabello encanecido. Permite calibrar cuáles de los tantos retratos pintados de él son los más fidedignos.

Así describía Gérard a su inquilino: “El señor de San Martín era un bello anciano, de una alta estatura que ni la edad, ni las fatigas, ni los dolores físicos habían podido curvar. Sus rasgos eran expresivos y simpáticos; su mirada penetrante y viva; sus modales llenos de afabilidad; su instrucción, una de las más extendidas; sabía y hablaba con igual facilidad el francés, el inglés y el italiano, y había leído todo lo que se puede leer. Su conversación fácilmente jovial era una de las más atractivas que se podían escuchar. Su benevolencia no tenía límites. Tenía por el obrero una verdadera simpatía; pero lo quería laborioso y sobrio; y jamás hombre alguno hizo menos concesiones que él a esa popularidad despreciable que se vuelve aduladora de los vicios de los pueblos. ¡A todos decía la verdad!”.

Del relato de Gérard, emerge además una imagen diferente del ostracismo de San Martín, presentado por muchos de sus biógrafos como un período de oscuridad y silencio. Aunque, “menos conocido en Europa que Bolívar, porque buscó menos que él los elogios de sus contemporáneos”, dice Gérard, no era un exiliado ignoto: “En sus últimos tiempos, en ocasión de los asuntos del Plata [el bloqueo anglo-francés del Río de la Plata en tiempos de Rosas], nuestro Gobierno se apoyó en su opinión para aconsejar la prudencia y la moderación en nuestras relaciones con Buenos Aires; y una carta suya, leída en la tribuna por nuestro Ministro de Asuntos Extranjeros, contribuyó mucho a calmar en la Asamblea nacional los ardores bélicos que el éxito no habría coronado sino al precio de sacrificios que no debemos hacer por una causa tan débil como la que se debatía en las aguas del Plata”.

Este hecho –la lectura de una carta de José de San Martín en el parlamento francés en la cual el general les advertía de que no podrían doblegar al pueblo argentino– muestra no sólo que su presencia en Francia no era ignorada por las autoridades de ese país sino que él se mantuvo siempre atento a lo que sucedía en su Patria e intervino cada vez que pudo con los medios a su alcance en defensa de la independencia que había conquistado.

Fuente: Claudia Peiró Ver menos

Milonga del muerto


por Jorge Luis Borges,
poeta argentino (1899-1986) 

Lo he soñado en esta casa

entre paredes y puertas.

Dios les permite a los hombres

soñar cosas que son ciertas.


Lo he soñado mar afuera

en unas islas glaciales.

Que nos digan lo demás

la tumba y los hospitales.


Una de tantas provincias

del interior fue su tierra.

(No conviene que se sepa

que muere gente en la guerra).


Lo sacaron del cuartel,

le pusieron en las manos

las armas y lo mandaron

a morir con sus hermanos.


Se obró con suma prudencia,

se habló de un modo prolijo.

Les entregaron a un tiempo

el rifle y el crucifijo.


Oyó las vanas arengas

de los vanos generales.

Vio lo que nunca había visto,

la sangre en los arenales.


Oyó vivas y oyó mueras,

oyó el clamor de la gente.

El sólo quería saber

si era o si no era valiente.


Lo supo en aquel momento

en que le entraba la herida.

Se dijo No tuve miedo

cuando lo dejó la vida.


Su muerte fue una secreta

victoria. Nadie se asombre

de que me dé envidia y pena

el destino de aquel hombre.


En "Los Conjurados" (1985)

Publicado por primera vez en el Suplemento Cultura y Nación 

del diario Clarín el 30 de diciembre de 1982 

bajo el título "Milonga de un soldado"

Foto: Captura cortometraje Borges 75 de G. Zorroaquín y B. Docampo Feijoó