Sentado sobre los muertos

(en preparación) 

 


(en preparación)


Sociedad Poética

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"Sentado sobre los muertos

que se han callado en dos meses,

beso zapatos vacíos

y empuño rabiosamente

la mano del corazón

y el alma que lo mantiene


Que mi voz suba a los montes

y baje a la tierra y truene,

eso pide mi garganta

desde ahora y desde siempre.


Acércate a mi clamor,

pueblo de mi misma leche,

árbol que con tus raíces

encarcelado me tienes,

que aquí estoy yo para amarte

y estoy para defenderte

con la sangre y con la boca

como dos fusiles fieles.


Si yo salí de la tierra,

si yo he nacido de un vientre

desdichado y con pobreza,

no fue sino para hacerme

ruiseñor de las desdichas,

eco de la mala suerte,

y cantar y repetir

a quien escucharme debe

cuanto a penas, cuanto a pobres,

cuanto a tierra se refiere.


Ayer amaneció el pueblo

desnudo y sin qué ponerse,

hambriento y sin qué comer,

y el día de hoy amanece

justamente aborrascado

y sangriento justamente.

En su mano los fusiles

leones quieren volverse

para acabar con las fieras

que lo han sido tantas veces.


Aunque te falten las armas,

pueblo de cien mil poderes,

no desfallezcan tus huesos,

castiga a quien te malhiere

mientras que te queden puños,

uñas, saliva, y te queden

corazón, entrañas, tripas,

cosas de varón y dientes.

Bravo como el viento bravo,

leve como el aire leve,

asesina al que asesina,

aborrece al que aborrece

la paz de tu corazón

y el vientre de tus mujeres.

No te hieran por la espalda,

vive cara a cara y muere

con el pecho ante las balas,

ancho como las paredes.


Canto con la voz de luto,

pueblo de mí, por tus héroes:

tus ansias como las mías,

tus desventuras que tienen

del mismo metal el llanto,

las penas del mismo temple,

y de la misma madera

tu pensamiento y mi frente,

tu corazón y mi sangre,

tu dolor y mis laureles.

Antemuro de la nada

esta vida me parece.


Aquí estoy para vivir

mientras el alma me suene,

y aquí estoy para morir,

cuando la hora me llegue,

en los veneros del pueblo

desde ahora y desde siempre.

Varios tragos es la vida

y un solo trago la muerte".

Miguel Hernández | Sentado sobre los muertos

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Miguel Hernández ocupa un lugar fundamental en la literatura española del siglo XX por la intensidad de una obra que convirtió la experiencia personal y el compromiso con su tiempo en materia poética. Nacido en Orihuela en 1910, creció en un entorno humilde que no impidió el desarrollo de una sólida formación autodidacta, alimentada por la lectura de los grandes clásicos de la poesía española. Esa combinación entre tradición e innovación dio forma a una voz profundamente original.

Su trayectoria literaria evolucionó desde el lenguaje culto de Perito en lunas hasta la emoción contenida de El rayo que no cesa, considerado uno de los grandes libros de la poesía amorosa en español. Durante la Guerra Civil, su escritura adquirió un marcado compromiso social, reflejado en obras como Viento del pueblo y El hombre acecha, donde la esperanza y el sufrimiento colectivo ocupan un lugar central.

Los últimos años de su vida transcurrieron en prisión, etapa en la que escribió Cancionero y romancero de ausencias, una obra de profunda humanidad en la que el dolor, la pérdida y el amor alcanzan una extraordinaria fuerza expresiva.

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