La soledad de las pérdidas, o profundizar el dolor humano que nos llega a todos

        Dos historias de dolor, “La soledad de aquí” y “Papá Querido”, que vimos el sábado 17 de septiembre en el Teatro Don Bosco de Bernal. Dos historias profundamente humanas, y que cualquiera de nosotros ha vivido o puede vivir. Dos historias diferentes, pero unidas por dos nudos fundamentales: el dolor de la pérdida, por un lado, y el compromiso de los Directores y los actores, por el otro, que han puesto todo de sí para representarlo.  Ambos, el dolor y el compromiso,  se unen en estas dos obras que vale la pena disfrutar…
        Y decimos “vale la pena” porque la pena está. La pena, hay que decirlo, es parte de nuestra vida, de la vida de todos. Daríamos lo que tenemos para que no exista, recurriríamos a todas las pociones, a todas las invocaciones mágicas, a todos los curanderos, a todas las religiones, para evitarla. Para que no nos llegue.
        Pero no hay talismán contra las pérdidas, no hay amuleto contra el dolor. Así lo demuestran estas obras, la primera, “La soledad de aquí”, de la autora Alejandra Félix,  fue dirigida por Merlina Álvarez, y es su “ópera prima”. Congratulaciones. Nos emociona participar del  inicio de una carrera que sabemos prometedora. La segunda, “Papá Querido”, dirigida por el gran Néstor Neir, que hace pie en el texto de la autora argentina Aída Bortnik. Ambas obras nos cuentan sus penas. Las penas que son de todos.

“La soledad de aquí” 
        Elizabeth llega, como siempre, a la plaza de siempre. Está muy, muy triste. El tiempo ha pasado, pero el dolor de la pérdida de un hijo es una llaga que no cicatriza. Hace diez años que Brian falta de su casa, y no sabemos cómo murió. De todas maneras ya no importa: Brian no está, y el dolor es un río que se lleva el alma y aunque pasen los años, nunca dejará de manar.
La gran actriz y directora Mabel Álvarez, a la que ya habíamos conocido en "La cantante Calva" 
        Le habla a los que, en algún momento, deberían haberla escuchado pero hace rato que le cerraron la puerta. Desde hace mucho tiempo, seguramente, no le atienden el teléfono. Ni la invitan, ni la llaman. Claro, después de los velorios, el que queda solo con el dolor, queda solo. Los demás siempre se van. Las excusas son variadas, pero no alcanzan. A los que sufren no les alcanzan. “Hace bastante que me han dejado sola” dice Elizabeth, y agrega: “Tantas veces te llamé y nunca te ocupaste de mí”. Quién sabe a quién le habla. Quién sabe si ella lo recuerda…
        “Traje algo especial para el día de hoy, esta vela, para festejar o para recordar o para olvidar, no sé”, dice, y sí, total, es lo mismo: Brian no está. Haga su madre lo que haga, hable con quien hable, no volverá. Y eso es lo que el alma no puede aceptar, justamente eso: no volverá. Jamás.
        “Miren, ¿ven a las personas que pasan? Todos me miran como diciendo ‘pobre, habla sola, está loca’ piensa en voz alta. Y reflexiona: “sí, estoy loca”. “¡El mundo que ustedes crearon es una mierda! ¿Qué tengo? Nada. ¿A quién le importo? A nadie” dice y se dice. “Soy invisible”.
        Prende la vela, en el nombre de Brian. “La vida es como la llama de esta vela; en cualquier momento se apaga, se va rápido y se lo lleva todo” piensa. Pero ella tiene tomada una decisión: tomará veneno, y el dolor, finalmente, se irá. “Sí, es un veneno rápido, para irme rápido de este mundo de mierda”. Ay, que no hay forma de evitar el dolor. Y el veneno tampoco lo calma.
        El ser invisible quiere hacerse visible. “¿Saldré en la portada de los diarios? Voy a dejar de ser invisible”, decide. “Nadie se va a dar cuenta, de esta pobre alma de un ser que sufre sola, apartada en el olvido, en donde hoy nadie tiene tiempo ni para sentir, ni para vivir, ni para hablar”, dice sumergida en la pena más profunda. Y desde allí, cuestiona a los que la abandonaron y a todos nosotros, con justa razón: “Y se van muriendo de a poco, y van a ser los próximos invisibles…”
        Ella a su hijo lo ve aún vivo, hamacándose. Lo siente en su vientre, donde lo llevó. Todo esto la sumerge aún más en ese río de dolor que sigue fluyendo…
Entra Lisandro Solari, como "Brian", también sumido en el dolor 
        En ese momento, un joven entra, visiblemente nervioso, enojado.  Furioso y dolido: su novia ha muerto, y no hay nada que pueda ayudarlo. Ni nadie. “Soy un hombre fuerte: decidido, inalterable en mis decisiones como vos mandás”. “Estoy cansado de escucharlas”, reconoce, y le habla no se sabe a quién. “No sean hipócritas, ¿dónde estaban cuando las necesité”, dice también por boca del dolor.
        Pero su fortaleza no es tanta. Como todos, el sufrimiento te hace doblar las rodillas. “Soy débil, fui débil cuando la vi partir; fui fuerte cuando sus manos me acariciaban y cuando me decía te amo. Y ahora, ¿quién soy?” dice con el alma que se quiere desgarrar del cuerpo, con esa fortaleza que nos dan los demás cuando están, y que cuando nos abandonan, nos dejan con las manos vacías. Vacías.
        “¿Vos, Vida, sos la que controlás el mundo de los humanos, no? Entonces, ¿por qué dejás que pasen estas cosas?” piensa el joven, que también se llama Brian. Pregunta retórica: no tiene respuesta. Nunca la tuvo. Nunca la tendrá.
        Elizabeth vuelve a buscar sus recuerdos, que Brian estuvo mirando. Él le grita a la Vida, y a los demás: “¡Basta, dejala en paz, no ves que somos seres que sufren!”. A ambos la pérdida de su afecto más grande los hunde en el río. “¡Yo la amaba!”, dice él. “¡Yo también lo amé, y ahora vive en mi corazón!” dice ella. El contrapunto es evidente: la madre, después de diez años, ya más resignada, ya ha llorado tanto que ni lágrimas le quedan; en él, la juventud y su fuerza forman un huracán de dolor.
        Pero hay que sobrenadar al río, hay que seguir, como se pueda. “Los recuerdos sirven para vivir, para recordar los momentos inolvidables. La soledad de aquí puede más pero yo continúo…” dice ella. Y él se pregunta “Pero qué pasará después…”. Nadie lo sabe, nadie más que uno mismo. “Qué persona en el mundo te va a decir cómo tenés que vivir tus sentimientos” reflexiona ella.
        Y ambos recuerdan, a la vez: “¡Cómo le gustaba venir a esta plaza!”. Y al fin, en un supremo acto de encuentro, se sientan en el banco y quedan abrazados mientras se dicen sus nombres: Elizabeth y Brian. Que los actores Mabel Álvarez y Lisandro Solari encarnaron con amor y profundidad.
        Porque al fin, el dolor no se cura, pero se acompaña con otro dolor. La única tabla de madera a la que aferrarse para nadar en ese río…
“Papá querido”
        Aquí también tenemos una pérdida, la del padre. El padre amado u odiado, o ambas cosas a la vez. En una pieza humilde, con el mobiliario justo, una máquina de escribir y muchos libros, están reunidos en este momento sus cuatro hijos, revisando sus cosas justo antes del velatorio. No se conocen, pero cada cual dará rienda suelta a su recuerdo, a su dolor, a su amor o a su odio frente a la falta de ese padre que se acaba de suicidar.
        Los hijos no se conocen entre sí, pero el médico, Germinal, parece conocer a sus hermanas, y lo que conoce es lo que desprecia en ellas: el perdón. El perdón y la aceptación de ese padre que las conformaba con cartas que, según él, iba fotocopiando porque seguramente a todos les mandaba misivas similares. Para él, no fue más que “un viejo de mierda”. Para ellas, un puñado de cartas, un amor lejano que no se olvidaba de ellas.
        “Es un viejo de mierda, no hablo de tu papito que te llevaba en brazos, hablo del mío”, dice Germinal con odio, un odio alimentado durante muchos años en los que quizá él se sintió abandonado. Y optó por abandonar. Por eso el padre murió solo.
        El mío, el tuyo. “Pero si es lo mismo” dice una de las hermanas. “No, no es lo mismo, y quién sabe cuántos más aparecerán” cuestiona Germinal. “Y debemos tener más hermanitos por ahí, porque el viejo viajaba mucho, debemos ser como cien hermanos…” dice con resentimiento. “Hace como diez años que yo no le contestaba” reconoce. El odio es así: lo impide todo.
        “A mí me escribía unas cartas hermosas” dice una hermana. Pero no es así para Germinal. “Nos programó a todos, a mí me compró un microscopio y por eso soy médico, a vos un perrito..” resuelve para resolver el dolor. La culpa es del que murió. Del que se fue. Asunto terminado. Pero no para las mujeres. “¿Y vos no creés que siempre los padres programan a sus hijos?” reflexiona otra.
Los cuatro hermanos, que son cinco en realidad, desnudan sus almas frente al dolor de la pérdida del padre
        La culpa del resentimiento de los hijos se paga con el abandono, porque no hay otra forma de bucear en este dolor. “Y quedar solo en este pueblo de mierda, y se mató de un tiro en la cabeza” dice el hijo. Y vaya a saber porqué se mató, qué soledad y  qué hastío y qué vacío sintió ese hombre, desengañado del mundo y decepcionado por sus hijos. “Nunca me voy a perdonar no haber venido” se lamenta una de las hijas. “Bueno, él tenía aquí muchos amigos” intenta consolarla otra. Ahora todo se siente como tardío. Vano.
        Pero Germinal no está dispuesto a caer, y por eso se va, se quiere ir. “Bueno, ha sido una experiencia interesante, conocer a mis ‘hermanitas”, sólo faltan los otros noventa y seis…” dice con despecho. No quiere nada de quien siente que no lo quiso, o no estuvo con él cuando lo necesitó. “Por mí pueden quedarse con todo” dice rechazando cualquier objeto, cualquier herencia. Cualquier sentimiento.
        Una trae una caja que tiene un rótulo que dice “Para entregar a mis hijos”. Pronto sabrán que son copias de las cartas, y que aparecerá una Amanecer, una hija más, que no conocen. “Las cartas que nos mandó todos estos años, con las que no llenó la cabeza con la solidaridad y todo eso, y uno se sentía un gusano que no merecía un padre tan maravilloso”.
        Y ése es el punto de Germinal, el hecho de que el padre les hubiera hecho prometer que serían grandes hombres y mujeres, y con esa promesa debieran intentar avanzar en la vida, con una promesa atada a la espalda que hiciera tan difícil avanzar. “Nadie es esa persona, tampoco él. ¡Por eso lo odiás tanto!” le reprochan Fiamma Novoa, Aixa Dodero, Alicia Mantovani, como Electra, Clara y María,  a Claudio Ascaso, que lleva a Germinal en la piel.
        Y así, sobre el final, leen juntos la carta del padre, que los insta a no dejarse vencer, a perseguir sus sueños, a mantener una actitud ética frente a la vida, a sumarse a la solidaridad, a la defensa de lo que se piensa y se siente.
“Querido papá: ayer recibí tu carta y estuve pensando toda la noche en lo que me escribiste. Y quiero decirte que tengo tanto orgullo porque sos mi padre, que sé que nunca voy a olvidarme de las promesas que te he hecho, de las promesas que hice sobre mi propia vida: de vos he aprendido que cada uno es responsable por toda la libertad, por toda la solidaridad, por toda la dignidad, por toda la justicia y por toda el amor en el mundo. Y que a esta responsabilidad no se puede renunciar ni durante un solo minuto de nuestra vida y que nadie puede cargarla por nosotros si queremos ser libres… Y yo te prometo, papá, que voy a ser capaz de recordar todo esto hasta que me muera y que nunca, nunca, voy a traicionarte o traicionarme… Lo único que quiero es crecer, crecer rápido, para convertirme en el ser humano que vos me enseñaste a ser, en alguien libre, solidario y orgulloso, que defiende sus ideas y no se inclina ante nadie, en alguien como vos, Papá querido…”
        Todos están de acuerdo, y el sentimiento los une, aunque ahora el papá querido ya no esté.
        Ahora que está muerto, pero ellos lo llevan en su corazón.   
La periodista Adriana Sylvia Narvaja con los directores Néstor Neir y Merlina Álvarez, junto a un excelente elenco
La imagen de portada pertenece al afiche de la presentación de las obras en el Teatro Don Bosco, al que le agradecemos la invitación. Aprovechamos la oportunidad para felicitar a la señorita Karina, quien elabora los alimentos riquísimos que se venden en el buffet. Desde aquí, le deseamos también lo mejor, y esperamos que todos vayan a comprobar qué buenas pizzetas y empanadas se venden...¡hasta que no queda ninguna!
Las fotos pertenecen a la conductora del programa de radio, Adriana Sylvia Narvaja, para el programa "Algo Especial Protagonista del Presente". Adriana Sylvia Narvaja es periodista y docente de Quilmes, República Argentina.
Texto de la carta que leen los personajes, de la obra "Papá Querido" de Aída Bortnik, del sitio "El Descanso de la Palabra".
http://eldescansodelapalabra.blogspot.com.ar/2016/05/papa-querido-aida-bortnik-en-teatro.html

Marche un Biffi a la criolla, o el sano oficio de hacer reír

        Lamento contradecirlo, amigo lector. El oficio más antiguo del mundo debe ser el de hacer reír. Y si no lo es, debería serlo. Todos sentados alrededor del fogón, allá en las cavernas, acá en los campos, en las aldeas, en un círculo improvisado en la cubierta de un barco, en un alto el fuego en las trincheras. Quizá, en una sala de hospital, de noche, cuando todos duermen o deberían dormir. Allí, seguramente, hubo alguien que contara historias y que buscara hacer reír. Bien por nosotros los humanos, tan difíciles de entender, tan contradictorios, tan conflictivos. Al menos alguien busca, no ya causar temor, sino provocar la risa.
        Y ya dijimos en otras notas que hacer reír es algo muy difícil, no lo vamos a repetir. Cuando hay una tragedia, todos lloramos, pero al fin nos vamos y queda el que sufre, solo con su dolor. La risa, en cambio, la hermosa risa, la carcajada, tiene eso de unirnos a todos. Porque muchas veces viene del reconocimiento de nuestra propia humanidad, con sus locuras, sus absurdos, sus discusiones inútiles, sus luchas que no conducen a nada. Y al fin, reírnos porque al final sabemos que, como todos nosotros, todo pasará también. Lo dijimos en otra nota: la risa pone todo en su lugar. Nadie se va a quedar aquí en este mundo. Estamos destinados a pasar, y mejor que lo tomemos con risa, que es una de las formas de la aceptación de nuestra condición.
        Así fue que nos reímos enormemente con Nicolás Biffi, ayer viernes 15 de septiembre, en el querido Teatro Don Bosco de Bernal. De principio a fin nos reímos, de todo y de todos, porque lo que contó nos incluye a todos. Es lo que vivimos todos…
Volvé, Biffi, volvé
        Biffi hace stand-up, y lo hace muy bien. Y en ese monólogo reidero se carga a sí mismo, cuenta su historia, y contándola cuenta la de todos, la de nuestra generación y la de la que pasó y la de la que viene. Y con muchos y variados temas que les contaremos, para que usted, amigo lector, vea qué bueno es reír y qué bueno es ir a ver a Biffi, allí donde lo encuentre. Prometió volver a Bernal, y nosotros, como a todos los artistas, le tomamos la palabra.
        Aunque según él, lo que le toman es el pelo. Lo acusan de “gordo que no es normal”, pero él insiste en su normalidad. “De costado me la banco, pero de frente…¿qué pasó?” dice, y agrega: “Tengo tres panzas, y encima puedo apoyar los brazos”, gesticula. Y todo esto sólo para empezar.
        Pero para darle una pátina “cultural” a su espectáculo, arranca con Facundo Manes, el neurólogo. Mientras nosotros nos seguimos riendo, claro. Bueno, él lo explica así: “Tenemos un cerebro, parietal derecho, parietal izquierdo, y en el medio no sé qué, y hay allí una neurona que hace que somos unos boludos”. Así comienza una larga charla sobre esta condición del ser humano, inexplicable para la ciencia, inapelable por su certera existencia, intransformable para muchos pensadores, inconmensurable para Einstein: la boludez humana.
        Y la catástrofe que implica, cosa que pocos se dan cuenta. Biffi sí y nos lo cuenta, y no nos queda otra que asentir, cosa que haríamos si no nos estuviéramos riendo. “Las cosas fáciles, para el boludo son difíciles, porque no depende de la inteligencia” asegura, “Stephen Hawking es inteligente pero es un boludo igual”. Conclusión biffiana: “todos somos boludos”.
        Pero entonces se sigue la pregunta obligada: "¿para qué vino el boludo a este mundo?". “Es obvio, para hacerle bullying”, nos dice. Sabemos que lo dice en broma, así como nuestros abuelos decían “me estás cachando”. Sin maldad. “Es más, el bullying forma la personalidad” insiste. Y ahí nomás nos cuenta toda la historia de su compañero de primaria, el señor Cucaracha, de quien no daremos datos porque, al parecer, ahora es un gran empresario dueño de muchas sucursales en más de 100 países y vive en New York. Bueno, si vive en New York por ahí no lee esta nota y nos salvamos. Aunque Biffi sigue insistiendo en que, con plata o sin plata, “el tipo es un boludo”. Y de ahí que sea candidato al bullying.
        Pero…¿qué es el bullying?. “Es la mierda que tenemos adentro, que hay que ir sacando” asegura, “porque si no pasa como en Estados Unidos, que un día cae uno y le dispara a todos”. El bullying sería algo así como un ungüento preventivo de maldades mayores. Puede ser… aunque no creo que todos coincidan con esto. Pero no nos olvidemos que estamos en el marco de un monólogo cómico. No se tome “en serio” lo que escribimos, porque todo fue dicho en tono de broma. Ahora sí, a seguir leyendo…
La infancia de Biffi
        “De chico, uno, ¿qué problemas puede tener?” se pregunta. “Todos tenemos problemas, la familia siempre fue un problema, los padres fueron siempre un problema” reflexiona. “La mía era la mismísima mierda. Mi papá era italiano, y era de hablar fuerte y gritar,  íbamos a la casa de la tía que tiene los adornitos sólo para que yo los tire y mi papá me cague a patadas”. Y así lo hacía, y nuestro amigo lo recuerda con gestos muy contundentes.
        Hay que ver también cómo van cambiando los tiempos. “Antes mi viejo me tenía de acá para allá, y ahora mi hijo también”. Conclusión biffiana: “Me cagaron, hijos de puta”. Y encima todo era muy sufrido: nadie había sufrido tanto como el padre en Italia. “Y no como vos, que te ponés un micrófono y todo es facilito!” dice imitando a su padre.
        Pero la vida en familia es así. “Las parejas, sepárense, porque antes la vida duraba 25 años, y ahora dura como 100, y con el tiempo te vas odiando” dice. Nueva conclusión: “¡no existen los matrimonio felices!”. Acabáramos con tanto amor y tanta dulzura, que, al parecer, dura poco. Biffi lo ilustra con el relato de discusiones de pareja, intimidades y otros detalles de la vida familiar que seguro, usted, amigo lector, conocerá. O padecerá. Para el caso, es lo mismo. Vaya pensando mientras nosotros nos seguimos riendo, déle nomás que tiene tiempo…
Ser padre del Hombre Araña 
        Aquí arranca un relato de la más cruda actualidad: festejar un cumpleaños en un pelotero, disfraz de Hombre Araña incluido. Gracias a Dios, a Biffi no se le ocurrió robar un Banco, pero por poco lo necesita. Hoy el hijo es el rey del hogar… y lo siguen mandando a él a buscar un lugar accesible para "hacer el cumple" que al fin, le cuesta un ojo de la cara. Algo de eso creímos escuchar alguna vez…
        Claro que el tiempo pasa, llega la adolescencia, y las inquietudes hormonales se hacen sentir. Y los misterios del sexo, por aquellos días de nuestra juventud, no tenían respuesta. “En todos los barrios había un perverso, el que proveía todas las perversidades”, dice. El que tenía la llave de la felicidad: el kiosquero del barrio. El único que tenía pornografía que, por supuesto, no era accesible a los menores. Salvo que hubiera unos cuantos australes de por medio (¡mire de qué época estamos hablando!). El resto, no, no lo puedo consignar aquí. Usted luego va a ver a Biffi y él se lo explica.

Estudiantes, estudiantes, a estudiar
        “Termina el secundario, pasamos a la Facultad, y ahí somos todos adultos en dos meses” dice, y se lamenta: “¿Dónde quedó la gracia, dónde quedó la diversión?”. Pregunta difícil de responder. Uno crece, dirían unos. Hay que hacerse “grande”, comentarán otros. Puede ser…
        “Antes era o trabajás o estudiás. Y te dedicás a eso, aunque después estudies o trabajes, pero era una decisión fundamental”, asegura. “Y yo dije, ninguna de las dos, quiero ser un vago de mierda”, dice Biffi, y nosotros nos seguimos riendo (le cuento que nunca dejamos de hacerlo, por si acaso la nota no lo aclara…). “Porque ahora se hace eso: se dice ‘papá, me voy a tomar dos años sabáticos’, ‘y con qué plata’, ‘con la tuya’, ‘ah, bueno’”. Entonces empieza la verdadera búsqueda de una profesión “como la gente”. ¿Cuál será “como la gente”?
        Al fin, la vida separa al grupo y nadie sabe adónde fue el señor Cucaracha, que luego reaparecerá. En el camino, se plantea el problema de ser hombre y de ser mujer. “El hombre es un gorila, la mujer evolucionó, está un paso más adelante que el hombre, y no lo digo por machista” explica. “El gorila se fue educando, la sociedad va cambiando; hoy tenemos un gorilita”. ¡Tanto mejor! Si no, hubiéramos transitado todos estos siglos inútilmente…
        Sobre el final, volvemos a la misma pregunta del principio: “¿está bien ser boludo?”. En la platea, las opiniones difieren. Biffi lo contesta pronto: “¡sí, porqué no! ¿Qué mal le hizo el boludo? Es más feliz que el que no es boludo…”. Será. “Voy a ser boludo toda la vida, sí, no hay manera de zafar” concluye.
        Y entonces….¿no tenemos razón en seguir matándonos de risa? ¿No es acaso el oficio más viejo del mundo, si nos dimos cuenta de que somos así y no tenemos remedio?
        Permita, amigo, que me siga riendo, y que le recomiende a Nico Biffi, que la tiene clara.
Porque él, como todos los humoristas desde el principio del mundo, ejerce el sano oficio de hacernos reír. Que nos ayuda a pensar. Que nos ayuda a evolucionar.
        ¡Que es lo que necesitamos!
El gran Nicolás Biffi y la conductora Adriana Sylvia Narvaja 
Qué sabemos de Nico Biffi
Pionero del Stand Up en Argentina, comenzó hace 15 años su carrera y fue recorriendo muchísimos escenarios a lo largo del país. Actualmente actúa en el conocido complejo Paseo La Plaza, donde tiene dos espectáculos en horario central. Siempre invitado a participar en programas de televisión como “Bendita TV”, “Éste es el show”, Canal C5N y muchos más. 
Como humorista formó parte del primer proyecto de Germán Paoloski fuera del Noticiero de Telefé producido por Estevanez. Actualmente se pueden ver sus participaciones en televisión con distintos monólogos en “Hora de reír” por Canal 9. Fue dos veces presentador de “Ciudad Emergente”, y participó en los dos festivales de humor de la Ciudad de Buenos Aires. Hoy está recorriendo los escenarios con su nuevo show, “Beso Virtual” que se hizo conocido a través de Instagram, la red social.

La imagen de portada pertenece al afiche de la presentación en el Teatro Don Bosco de Bernal, al que le agradecemos la invitación. ¡Pasamos un momento estupendo!
Las fotos pertenecen a Adriana Sylvia Narvaja, conductora del programa de radio "Algo Especial Protagonista del Presente", que actualmente no está en el aire. Adriana Sylvia Narvaja es periodista y docente de Quilmes, República Argentina.

Diablo, la injusticia lleva tu nombre

“A la hechicera no la dejarás con vida”
Éxodo 22, 17
        John Proctor va a morir, y lo sabe. Su esposa también sabe, porque todos los demás han sido ahorcados. Muchos detenidos esperan el mismo final. El Comisionado Danforth no tendrá piedad de los poseídos. ¿Poseídos? Jamás se sabrá, a ciencia cierta, qué fue lo que sucedió en Salem. Con el tiempo, se hablaría de una intoxicación con el pan de centeno (el famoso “pan de la locura”), pero aún faltaba mucho para que la ciencia investigue el caso y mucho más para que la psiquiatría hablara de síntomas histéricos o de otro tipo de enfermedades mentales. Por ahora, reina el Demonio, y no acepta competencia en este campo. Así nace los famosos "Juicios de Salem".
        Salem es una pequeña población de la localidad de Massachusetts, y el hecho ocurrió en los pueblos de la Unión que recién en 1776 encontrarán (y lucharán por) su Independencia. Pero mientras tanto, sufren tanto el ataque los indios Wabanaki como las inclemencias del tiempo, el duro trabajo y la vigilancia permanente de todos y de cada uno de ellos, dispuestos a convertir al territorio en una nueva Arcadia, un lugar de paz y de espiritualidad, siempre dentro de las estrictas normas de vida puritanas. Y de las creencias religiosas absolutas, que dieron pie a esta matanza que quedó para siempre registrada en la Historia de la Humanidad.
La gran actriz Susana Rotman, como la señora Putnam (derecha) y la gran Mabel Chavanne como Rebeca Nurse 
        Con el tiempo, Arthur Miller escribiría la obra de teatro “Las Brujas de Salem” o “El Crisol” (en inglés, “The Crucible”). Corría el año 1952. Al año siguiente, en 1953, la obra gana el Premio Tony. En ella, Miller crea una alegoría de la represión y persecución macarthista de aquellos años.
Fue filmada tanto   para una serie de la televisión como para el cine: la versión más moderna corresponde a la del año 1996, interpretada por Daniel Day-Lewis y Winona Ryder, en los papeles estelares.
        Ahora llega a nosotros en la presentación de la Casa de Arte Doña Rosa y El Matadero Producciones, que  nos ofrecen un teatro muy elaborado y profundo, como lo hacen con “El Diablo en Salem”, con la Dirección General de Miguel Montalto y un gran elenco que detallaremos. Digamos por ahora que el Diseño de Luces y Efectos corresponde a Miguel Montalto y Hernán Maldonado, el Diseño y Edición de Sonido también a Hernán Maldonado, la Asistencia de Dirección a nuestra amiga Daniela Cimer, la Asistencia de Producción a Camila Lombardo, la Prensa a Mariano Pueyo y la Operación de Luces y Sonido a José Oreguy.
La gran actriz Daniela Cimer, como Abigail Williams, la que inicia todo el drama 
        Todos ellos crean el ambiente especial, tan intenso y por momentos aterrador, como corresponde a una obra de esta estatura. Y en este ambiente de persecución y muerte, donde las Justicias (sí, las Justicias, porque aquí no hay una sino varias) se entrecruzan,  se mueven Osvaldo Camino (“Reverendo Parris”), Daniela Cimer (“Abigail Williams”), Mabel Chavanne (“Rebeca Nurse”), Camila Lombardo (“Sussana Walcott”), Bárbara Maldonado (“Comisionado Danforth”), Maru Perea (“Betty Parris”), Carolina Rivarola (“Mary Warren”), Rosita Rotman (“Ann Putnam”), Patricia Santi (“Elizabeth Proctor”), Eduardo Soto (“Alguacil Herrick”), Claudia Venturini (“Mercy Lewis”), a los que se suman Jorge Godoy Zarco (“Reverendo Hale”) y Daniel Rodríguez (“John Proctor”), todos estupendos en sus papeles.
         Y aunque son muchos actores, el Director Montalto los maneja con maestría y ellos dan lo mejor de sí, en una obra intensa, difícil, porque el conflicto que representa, realmente, lo es. En "El Diablo en Salem" el nudo humano deja de ser humano: si lo humano es difícil, y dictar Justicia humana ya lo es de por sí, mucho más lo será si se mezclan en el asunto el Diablo y la posesión diabólica, y la Justicia Divina con sus mandamientos.
        Y todos estos protagonistas se encontraron durante meses, en 1692, en la aldea de Salem.
Daniel Rodríguez como John Proctor y Carolina Rivarola como Mary Warren, grandes actores  
El comienzo de la historia
        Toda historia tiene un comienzo, y en ésta no faltará. Al parecer, la hija del Reverendo Parris, Betty, y su sobrina Abigail Williams, comenzaron a padecer síntomas de posesión diabólica, o al menos, es lo que se creía en aquel tiempo. Luego se sumarían otras jóvenes de la comarca. Se habló de un baile lascivo en el cual las niñas invocaron el nombre del Maligno y el Reverendo las vio. De este modo, ellas empezaron a sentir mordidas y pellizcones, sacudidas y desmayos, todos síntomas que se atribuyeron en aquel momento a la acción del Demonio. “Las encontré bailando en el bosque”, dice Parris. “Si tuvieron comercio con los espíritus debo saberlo ahora mismo”, insiste, sabiendo que las habladurías del pueblo se volverán en su contra. “Bailaban como bestias estúpidas alrededor de la fogata”, detalla. “Luché tres años para que esta gente se me someta, y justo ahora se va a arruinar mi reputación”, se lamenta.
De izquierda a derecha, Eduardo Soto como el Alguacil Herrick, Jorge Godoy Zarco como el Reverendo Hale y
Daniel Rodríguez como John Proctor 
        Pero no sólo es Betty la víctima de la supuesta “posesión”. Ruth, la hija de la señora Putnam, también padece estos trastornos. “No ve, no oye, no come, está poseída, seguro; el toque del Diablo es así”, dice la madre de la joven. Y concluye: “Hay una bruja sedienta en las sombras”...
        Salem era una localidad fundada por puritanos, estricta y rígida en todo sentido. Las luchas de la vida diaria no ocultaban disputas, rencillas, celos, envidias. Como en cualquier lugar. Pero, como dice el famoso dicho, “pueblo chico, infierno grande”: de acuerdo con la obra de Arthur Miller, Abigail trabajó en la casa de los Proctor, y tuvo con John una relación que fue descubierta por Elizabeth, su mujer. “Me amaste, John Proctor, y por más pecado que sea, me seguirás amando”, le asegura Abigail.
        La dueña de casa echa de su propiedad a Abigail, con lo que intenta restablecer su matrimonio y su familia. Esta paz no duraría mucho: la joven se venga tanto de uno como de otro, acusándolos de hacer pactos con Satán. Para ello se vale de la ayuda de sus amigas, sin pensar que desencadenarían una colección de tragedias que llevarían al cadalso a gran parte de la población.
El gran actor Daniel Rodríguez, como John Proctor 
El Diablo anda suelto en el odio y la ambición
        Claro que, según se sabe, el interés económico no andaba lejos, como tampoco anda nunca el Demonio. Los Putnam acopiaron buena parte de los territorios de los ajusticiados, que a su vez habían sido arrebatados de las manos de sus dueños, los indios wabanaki, que también habían tomado venganza. Quizá a la señora Putnam le remuerda la conciencia, y ante la situación, sostiene que “mejor será que busquemos la culpa en nosotros mismos”. “¿En nosotros?” le preguntan asombrados. “Le recuerdo que si la gente no se acerca a la Iglesia es porque ya no le hablan de Dios, sino sólo del Infierno” alega Proctor, sin saber que muy pronto el Destino lo alejará de uno y lo enviará al otro.
        Mientras tanto, el Reverendo Hale busca fórmulas en su libro. “No teman, lo encontraremos y lo destruiremos”, promete. “Si está entre nosotros, serán testigos de prodigios terribles” asegura. La culpa sale de la gente, y vuelve al Demonio, siempre escondido, siempre transformándose en otro, en un vecino que viene a atacarnos por la noche, en alguien que daña, muerde, pellizca. En alguien a quien acusar.
El gran actor Jorge Godoy Zarco, como el Reverendo Hale
        Abigail, vengándose de los Proctor, confiesa. “Me obligaron a beber sangre”, dice, “quiero confesar, me vinieron a buscar todas las noches para que salgamos a beber sangre”. “Quiero el dulce amor de Jesús” pide, y nombra a todas las mujeres que hicieron un pacto con Satán, entre las que luego estará la mujer de Proctor.
        John quiere defenderse. “¿Cómo puedo demostrar que todo esto es un fraude?”, se pregunta, y le recrimina a su esposa: “¡No voy a tolerar tus sospechas!”. La respuesta no se hace esperar: “¡Entonces no las provoques!”. Elizabeth sospecha que Abigail la quiere muerta, para ocupar su lugar. “En Salem se pasea la venganza” sostiene Proctor. “Yo no voy a entregar a mi mujer a la venganza”. 
Escena memorable entre John y su esposa Elizabeth Proctor, estupendamente representada por Patricia Santi 
        Pero el Comisionado Danforth no entiende de venganzas, para él, la Ley se aplica como Ley y no hay desviaciones en este espinoso camino: “En un crimen ordinario, se llama a testigos. Pero en un cargo de brujería, es un delito invisible, por eso se llama a las brujas y a sus víctimas. Por eso estamos ansiosos de escuchar confesiones”. “Esta Corte está basada en la Biblia, que prohíbe la brujería y este delito se paga con la muerte”, sostiene el magistrado, que no retrocederá ni aún ante el Demonio.
        Y mucho menos ante el Reverendo Hale, que lo intenta todo para salvar a los acusados. “Deténgase ahora, señor Comisionado, la venganza personal se infiltra en este Tribunal”. Y dirigiéndose a Elizabeth, le pide que ayude a su esposo: “Ayudalo, Elizabeth, de nada sirve sangrar!”. 
        Pero ella comprende que la dignidad de él no tiene precio, aún y más allá de una infidelidad. Hay cosas más importantes, y ella las rescata. “Él ya tiene su pureza, Dios no permita que yo se la quite”.
La pareja de acusados se despide, porque Proctor va a ser ajusticiado 
Final
        Poca Justicia se hizo por los que fueron llevados al estrado judicial, poca Justicia humana. Pero durante meses, se le sumó a esta situación la intervención del Comisionado, que la encarna, e intenta eliminar de plano cualquier intervención del Demonio, aplicando todo el rigor de la ley divina. Todos estos actores se suman en los Juicios de los que aún quedan actas, y que con los años llevarían a ofrecer a los damnificados una retribución para tanto dolor. Escasa, si se quiere: el dinero nunca puede compensar el terror de ver colgado de un madero a aquel al que tanto se amó.
        Pero, cuando todo se mezcla, y todo es tan inasible como lo espiritual (y la persecución que de ello deriva por culpa del fanatismo), la muerte no tarda en llegar.
        Sobre el final, las confesiones le dan a algunos la posibilidad de escapar de la horca, acusando a su vez a otros vecinos. John se niega a hacerlo, y Elizabeth defiende la integridad   de su esposo hasta el final.
        Es la luz de esperanza que encuentran, en medio  de tanta ignorancia, de tanta espiritualidad mal entendida, de tanta rigidez de pensamiento, de tanto odio y dolor.
        De tantas Justicias, cuando no hay siquiera una.
Llega el final, y Elizabeth defiende la dignidad de su esposo John
Biografía de Arthur Miller y de sus “Brujas de Salem” 
Arthur Asher Miller (Nueva York, 17 de octubre de 1915 - Roxbury, Connecticut, 10 de febrero de 2005) fue un dramaturgo y guionista estadounidense.
Ya desde sus primeros títulos deja entrever lo que sería el elemento fundamental de toda su obra: la crítica social, que denuncia los valores conservadores que comenzaban a asentarse en la sociedad de Estados Unidos. Su consagración definitiva se produce en 1949, con "Muerte de un viajante", en la que denuncia el carácter ilusorio del sueño americano. En 1988, Miller declararía: «Jamás imaginé que adquiriría las proporciones que ha tenido. Era una obra literal sobre un vendedor, pero luego se convirtió en un mito, no sólo aquí, sino en muchas otras partes del mundo». Afirmó también: «Trabaja uno toda la vida para comprar una casa, y cuando, por fin, la casa ya es de uno... no hay quien viva en ella», con la misma postura acerca de las consecuencias del capitalismo. La obra fue galardonada con el Premio Pulitzer, con tres Premios Tony y de nuevo con el de la Crítica de Nueva York.
El dramaturgo americano Arthur Miller 
En la década de 1950 fue víctima de la caza de brujas. Acusado de simpatías comunistas por Elia Kazan, rehusó revelar los nombres de los miembros de un círculo literario sospechoso de tener vínculos con el Partido Comunista ante la Comisión de Actividades Antiamericanas en 1956, acogiéndose a la protección constitucional. A pesar de las presiones que sufrió (le fue retirado el pasaporte, y no pudo viajar a Bruselas para asistir al estreno de una de sus obras), Miller no dio ningún nombre, declarando que, aunque había asistido a reuniones en 1947 y firmado algunos manifiestos, no era comunista. En mayo de 1957 se le declaró culpable de desacato al Congreso por haberse negado a revelar nombres de supuestos comunistas. Sin embargo, en agosto de 1958, el Tribunal de Apelación de los Estados Unidos anuló la sentencia, de forma que no tuvo que ingresar en la cárcel.

La atmósfera de aquel tiempo se plasmó en “Las brujas de Salem” ("The crucible", 1953). En esta obra se sirve de un acontecimiento real del siglo XVII para atacar la caza de brujas dirigida por el senador McCarthy de la que él mismo fue víctima. También en la década de 1950 publicó “Recuerdo de dos lunes” (1955) y “Panorama desde el puente” (1955), llevada con éxito al cine y al teatro y con la que obtuvo su segundo Premio Pulitzer. El 29 de junio de 1956 se casó con Marilyn Monroe, matrimonio que duraría cuatro años y medio.
Fuente: Arthur Miller – Del sitio Wikipedia.
https://es.wikipedia.org/wiki/Arthur_Miller
 Merecidos aplausos para tan grande esfuerzo en "El Diablo en Salem" 
Juicios de Salem
        Los juicios de Salem por brujería aluden a un famoso episodio del período de colonización de los Estados Unidos en 1692 en la aldea de Salem (actual estado de Massachusetts), en el que, como efecto colateral de luchas internas de las familias coloniales y fanatismos puritanos revestidos de paranoia, fueron condenadas a muerte 19 personas acusadas de brujería, todas mujeres, y se encarceló a un número mucho mayor. El número de acusados por brujería en estos juicios pudo fluctuar entre 200 y 300.
        Muchas teorías han intentado explicar por qué la comunidad de Salem explotó en ese delirio de brujas y perturbaciones demoníacas. La más difundida insiste en afirmar que los puritanos, que gobernaban la colonia de la bahía de Massachusetts prácticamente sin control real desde 1630 hasta la promulgación de la Carta Magna en 1692, atravesaban un período de alucinaciones masivas e histeria provocadas por la religión. La mayoría de los historiadores modernos encuentran esta explicación cuando menos "simplista". Otras teorías se apoyan en analizar hechos de maltrato de niños, adivinaciones invocando al maligno, ergotismo (intoxicación con pan de centeno fermentado que contiene elementos químicos similares al LSD), el complot de la familia Putnam para destruir a la familia rival Porter, y algunas otras aluden al tema del estrangulamiento social de la mujer.
        En el prólogo de la obra, el propio Miller señala que ha empleado cierta licencia poética para condensar el número de personas involucradas en los procesos, y que ha aumentado la edad de Abigail de 12 años para que el argumento pudiera salir adelante. Enfatiza que su objetivo es mostrar la naturaleza esencial de uno de los episodios más extraños y horribles de la historia de la Humanidad. Esta historia está bien documentada en los registros de los juicios de la Salem de hoy.
Fuente: Juicios de Salem – Del sitio Wikipedia
https://es.wikipedia.org/wiki/Juicios_de_Salem
Saludo de los actores en el final de la obra 
Vean este documental del Canal History donde se explica qué fue lo que sucedió en Salem, EEUU, en 1692 
https://www.youtube.com/watch?v=KYrXYIu5TnE
Película que se realizó sobre este tema, con Daniel Day Lewis y Winona Ryder 
Confederación Wabanaki 
La Confederación Wabanaki es un (también conocida como Wabenaki o Wobanaki, traducido aproximadamente como «Pueblo de la Primera Luz» o «Pueblo de la Luz del Amanecer») son una confederación de pueblos nativos estadounidenses y canadienses conformada por los maliseet, los passamakoddy, los micmac, los abenaki y los penobscot.

Los miembros de la Confederación Wabanaki, los pueblos wabanaki, reciben su nombre gracias a la región que ellos llaman Wabanahkik ('Tierra del Amanecer'), la cual era conocida por los colonos europeos como Acadia. Hoy en día forma parte del actual estado de Maine en los Estados Unidos; y Nueva Escocia, Nueva Brunswick y parte del Quebec al sur del río San Lorenzo en Canadá. Los abenaki del oeste viven en tierras en Nueva Hampshire, Vermont y Massachusetts en los Estados Unidos.

En una de sus comunicaciones oficiales más recientes, la Confederación ha enfatizado su causa común y la aceptación de alianzas con activistas del medioambiente con el objetivo de proteger sus tierras y aguas. Obtuvieron poderes bajo la Declaración de los Derechos de Pueblos Indígenas de las Naciones Unidas en 2010 y otros tratados relacionados que han sido firmados por importantes potencias.
Fuente: Confederación Wabanaki – Del sitio Wikipedia.
https://es.wikipedia.org/wiki/Confederación_Wabanaki
 Saludo final junto al Director de la obra, Miguel Montalto, al centro 
La imagen de portada pertenece a la Casa de Arte Doña Rosa, de su página de Facebook
https://www.facebook.com/Casa-de-Arte-DOÑA-ROSA-171436186228/
La foto de Arthur Miller pertenece al sitio Wikipedia- Arthur Miller
https://es.wikipedia.org/wiki/Arthur_Miller#/media/File:Arthur-miller.jpg
Las fotos pertenecen a Adriana Sylvia Narvaja, conductora del ciclo "Algo Especial Protagonista del Presente", periodista y docente de Quilmes, República Argentina. Agradecemos la invitación de la Casa de Arte Doña Rosa y de El Matadero Producciones. 

Network, el poder que mata de la televisión

        Que estás despedido. Ése es el punto que motiva todo el drama. La cadena americana  UBS de información  decide terminar con la carrera de Howard Beale (Peter Finch, en una actuación memorable) ya que su programa ha bajado el ráting, y nuevas formas televisivas están a punto de abrirse paso en esa emisora. Y las encabeza Diana Christensen (una Faye Dunaway tan hermosa como talentosa), que busca para sí el mejor lugar y para la emisora también. Su  búsqueda personal la lleva a entablar una relación amorosa con Max Schumacher (William Holden en una de sus tantas mejores actuaciones), quien deja a su mujer e hijos para formar esta pareja que jamás lo será. Porque su ambición es más grande que lo que tiene hoy entre las manos...
        Mientras tanto, Beale anuncia que se suicidará en público en el final de su programa, y la cadena televisiva, en vez de minimizar el hecho y evitar continuar con el tema, lo transforma en un verdadero espectáculo circense, y de este modo, obtener un ráting más alto y saldar el cuantioso déficit de la empresa. Y no sólo recurren a este procedimiento absolutamente falto de ética, sino a muchos más: incorporar a una adivina al noticiero, e incluso, pactar con un grupo terrorista para que filme sus actos anti-sistema tras la cortina de un Partido Comunista cuya líder, finalmente, se muestra desesperada por cobrar las regalías que estas transmisiones le dan.
La actriz Faye Dunaway como Diana Christensen
        Todo se vuelve demencial, y la televisión muestra su poder sobre las personas. Beale sufre una crisis mística, llama a la población a pronunciarse contra el sistema, “a representar el odio del pueblo americano”, como dice la productora Christensen, que no dudará en continuar avanzando con sus ideas a pesar de que su pareja Schumacher pierde su trabajo justamente por defender e intentar mantener una postura ética frente a estos cambios que se vienen.
        Claro que para salvar la empresa está Frank Hackett (en la piel del enorme Robert Duvall), quien apoya a la productora Christensen y apoyaría al mismísimo Diablo para lograrlo. La televisión se convierte en un gigantesco espectáculo, mientras las vidas personales se van degradando y la de Beale pasa, luego del primer impacto, a ser descartable.
        Tan descartable como para que la emisora decida, simplemente, asesinarlo. Claro, sin que nadie pueda relacionarlos con tan vil acto. Para eso recurren a los terroristas que ahora son parte de este show. Y mientras Beale es asesinado, la televisión continúa con sus eternos espacios publicitarios y el asesino se profuga.
Peter Finch como Howard Beale, en una actuación memorable que le valiera el Oscar 
        Hoy, que transitamos el año 2017, cuarenta años después de la película, podemos volverla a ver y mensurar cuánto hemos perdido en la capacidad crítica del cine, cuán valiosos son los films de esta época, tanto éste,”Network”, como otras cintas de la valía de “Síndrome de China”, “Barrio Chino”, “Taxi Driver” y muchas más. El cine ha perdido hoy su condición de crítico de la sociedad en que vivimos, esa capacidad de poner en blanco sobre negro la realidad de la sociedad occidental, como en este caso vemos en el guión de Paddy Chayefsky.
        Hoy se filma… lo que se vende y nada más. Hay muchos adelantos tecnológicos (bien por ellos) y muchos efectos especiales (bien por ellos). Pero hemos perdido la capacidad de vernos a nosotros mismos, de ver el sistema en el que vivimos. Y conste que por aquellos años todavía no se hablaba de “globalización”. Simplemente se había vivido el terremoto económico y político llamado “Crisis del Petróleo” del año 1973, que tendría enormes consecuencias para el sistema mundial. Ya se preanunciaba, en esta crisis, lo que vendría. Crisis de Medio Oriente, Guerra del Golfo, y con los años, la Guerra de Irak. Pero aún estos temas no habían alcanzado la dimensión que tuvieron después, y que tienen hoy.
William Holden, Robert Duvall y Peter Finch en un film que nadie debe dejar de ver 
        Bienvenido este cine, demos gracias que lo podamos disfrutar hoy tanto o más de lo que lo disfrutamos ayer. Que se abran nuestros ojos y no quedemos dormidos esperando que la televisión nos traiga verdad, porque no nos la dará. A lo sumo, tendremos, como hoy se dice, “posverdad”, una verdad contaminada de intereses políticos, económicos y demás. ¿Que siempre fue así? No lo dudamos.
        Pero hoy, la televisión ha alcanzado un verdadero poder de alcance mundial.
        Más que otro poder sobre la faz de la Tierra.
        Un poder que mata.
El poder que mata, en plena acción 
Qué dice el sitio FilmAffinity sobre esta obra maestra del cine 
Un análisis sobre el poder de la televisión, que retrata un mundo competitivo donde el éxito y los récords de audiencia imponen su dictadura. Howard Beale, veterano presentador de un informativo, es despedido cuando baja el nivel de audiencia de su popular programa. Sin embargo, antes de abandonar la cadena, en una reacción inesperada, y ante el asombro de todos, anuncia que antes de irse se suicidará ante las cámaras, pegándose un tiro en directo. Este hecho sin precedentes provoca una gran expectación entre los televidentes y los propios compañeros de Howard. (FILMAFFINITY)
Una pareja contaminada por las leyes del ráting y la televisión 
Premios que ganó la película, en Wikipedia
Network (en Argentina, México, Perú y Venezuela, Poder que mata; en España, Un mundo implacable) es una película satírica estadounidense de 1976 dirigida por Sidney Lumet, y protagonizada por Faye Dunaway, William Holden, Peter Finch y Robert Duvall.

Fue galardonada con cuatro Premios Óscar: al mejor actor principal (Peter Finch), con carácter póstumo, a la mejor actriz principal (Faye Dunaway), a la mejor actriz de reparto (Beatrice Straight), y al mejor guion original (Paddy Chayefsky); cuatro Premios Globo de Oro: Mejor Actor - Drama (Peter Finch), Mejor Actriz - Drama (Faye Dunaway), Mejor Director (Sidney Lumet) y Mejor Guion (Paddy Chayefsky); y un Premio BAFTA: Mejor Actor (Peter Finch).
Afiche de la película Network 
En el 2000, la película fue considerada «cultural, histórica y estéticamente significativa» por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos y seleccionada para su preservación en el National Film Registry.

En el 2002, fue admitida en el Salón de la Fama de la Producers Guild of America (Asociación de Productores Estadounidense) por ser una de las películas que "ha establecido un nivel de calidad perdurable para el espectáculo estadounidense".

En el 2005, el guion de Paddy Chayefsky fue votado por el Sindicato de Guionistas de Estados Unidos como el octavo mejor guion para una película de todos los tiempos, un puesto ligeramente superior a uno otorgado por el American Film Institute diez años antes (decimonoveno).
Fuente: del sitio Wikipedia
https://es.wikipedia.org/wiki/Network
Ver la película completa, gratis y en español, en este enlace 
http://aquipelis.net/network-online-1976-espanol-latino-descargar-pelicula-completa/
La imagen de portada y las demás pertenecen al sitio de cine IMDb, en inglés
http://www.imdb.com/title/tt0074958/mediaviewer/rm4245928704

El amor es un túnel muy, muy oscuro y sin final

        Quizá sea hora de dejar de hablar de Juan Pablo Castels, y comenzar a hablar de María Iribarne, si queremos entender qué fue lo que sucedió. Porque si hablamos de Castels, vamos a decir, como ya se dijo tantas veces, que estaba solo, que estaba loco. Y como él mismo confiesa, fue él el que la mató.
        Se dirá, y se presupone, que Castels tenía algo del pesimismo del maestro Ernesto Sábato, el autor de “El Túnel”, su novela inmortal. Puede ser. Se dirá que sus contradicciones, que él mismo reconocía, que los recovecos de su alma, son también los de Castels. Puede ser. Pero creo que allí terminan las coincidencias. Ernesto Sábato, escritor, maestro (y conste que él detestaba todo tipo de “devoción” en la que caemos los seguidores de la cultura), Sábato, decíamos, era un hombre de mente universal y enorme, inteligente y culto. Sus opiniones tuvieron y tendrán siempre peso en la marcha de las ideas y de nuestra historia como país. Castels, su personaje, su obra, es un hombre doliente, torturado y obsesionado por un amor que seguramente a su maestro no lo hubiera desvelado así. De esa manera.  Creemos que así se terminan las similitudes, porque son personalidades diferentes.
El gran actor Horacio Rafart, en escena, como Juan Pablo Castels  
        Una y mil veces, quizá, le preguntaron a Sábato por este personaje. Con el tiempo, habrá olvidado  lo que había escrito, y Castels siguió su vida propia, amando, matando y luego, enfrentando la cárcel y sus recuerdos, que son peores que cualquier prisión. Porque de la prisión se sale. De los recuerdos, por el contrario, nadie escapa…
        Todo este razonamiento hacemos ahora, que han pasado varios días después del sábado 12 de agosto, cuando asistimos a una puesta inolvidable, la de “El Túnel”, en la piel de un actor enorme como es Horacio Rafart, y con la dirección de Guillermo Ale. Y Rafart nos transmitió punto por punto el profundo drama de Castels: un pintor no muy conocido, que detesta los círculos “consagrados” de la pintura, sumido en un enorme pesimismo por el destino de la Humanidad (y aquí se parece bastante al maestro Sábato), que vive una vida sin destino ni final, hasta que conoce a una mujer joven que él cree que lo salvará de tanta oscuridad. Se equivoca de plano: en este mundo, nadie puede salvar a nadie. O lo paga con su vida.
        Él mismo es un hombre de ideas bastante particulares. Considera a los criminales como “la gente más pura, más noble, más sana”, ya que se pregunta “porqué tenemos que soportar a esa gente a la que el criminal mata”. “Es lo que llamo una buena acción, siempre pensé así…”, dice convencido. Y quizá, a la larga, él piense que matando a María también realizaba una buena acción. Del amor al odio, de la supuesta salvación al desprecio más extremo, hay un paso muy pequeño, y Castels lo da sin dudarlo. El crimen, al final, es la consecuencia esperada. Él no puede con su vida. Jamás podrá con la de otro, que es un mundo aparte, que tiene leyes propias, y que él, encerrado en su túnel, vacío y oscuro, no puede entender.
        Excelente puesta del Grupo La Cuarta Pared en el Teatro Don Bosco de Bernal, donde el teatro dice “siempre presente” y no cualquier teatro, sino sólo del mejor. La escenografía, con su atril de pintor, sus pinturas, sus marcos, se completa con un juego de luces que no descansa, y que va marcando los tiempos del relato. Castels cuenta punto por punto la historia de un amor que no era tal: para él fue una obsesión que lo llevó al crimen. Para María, no lo sabremos nunca.
        El que habla siempre es Castels, y lo dice así: “Voy a contar la historia de principio a fin, porque me ilumina la esperanza de que una sola persona pueda entenderme”. “Existió esa persona, pero fue precisamente la persona que yo maté”, confiesa. Y matando a María, sus manos se quedaron vacías. Quedó solo dentro del túnel, y para siempre.
        El trabajo de Rafart es impecable, y va pasando por todas las emociones humanas: Castels descubre a María cuando, en un Salón de pintura, ve con asombro que la joven es la única que se detiene a mirar una ventanita de su cuadro “Maternidad”, en donde otra joven, en la tela, mira hacia el infinito con cierta tristeza. Con cierta angustia, quizá. El espíritu solitario y obsesivo de Castels no podía dejar pasar esa oportunidad de encontrar a esa otra persona que sintiera, tal vez, la desolación que él mismo sentía. Esperanza primero, obsesión después, alcohol mediante, violencia de a ratos, locura por fin, todos los momentos se unen en Rafart, en una actuación increíble. Castels de pie, con toda su humanidad a cuestas.
        Iniciar una relación no lo ayuda, como tampoco lo ayuda el alcohol. Su obsesión va ganando terreno, no puede retener ni dominar a María, no puede poseerla, no puede cercarla, no puede evitar que vea, o haya visto o conocido, a otros hombres. Toda su energía está puesta en transformarla en uno de sus cuadros, en una de sus telas, que puede pintar a piacere y que son extensiones de sí mismo. María no lo es.
        Y por esa razón decimos que habría que hablar de María, que como un sol está en el centro mientras los demás giran a su alrededor. Un antiguo novio que se suicida, su esposo ciego, su primo Hunter, y el mismo Castels, dependen de ella para hacer funcionar sus vidas.  De alguna manera, ella hace girar el mundo, y todos obtienen un poquito de María sin que nadie llegue a conocer o a saber de ella. Pero tienen ese poquito, que no quieren resignar. Claro, es un tipo de relación que jamás termina bien. Y es por eso que Allende, el esposo ciego, cuando se entera del crimen, le grita “¡insensato!” a Castels,  y el pintor no entiende. No puede entender. Desde su túnel, apenas ve su oscuro, frío y viscoso mundo interior. Pero no puede ver el universo completo, con María en el centro y todos los hombres, todos esos hombres, girando a su alrededor. Pero las relaciones humanas no aceptan “medios amores”, que están basados en el ocultamiento, en la falsedad que Castels le reprocha. Los “medios amores” no pueden terminar bien.
        “Tenía que pensar las cosas buenas de ella, su cuerpo, su voz” dice el pintor, cada vez más atrapado con su angustia, por su obsesión. “Tenía que olvidarme de todo lo demás; juro que lo intenté, pero no pude”. Y en una carta que ella le envía desde la estancia, él encuentra una respuesta que espera: “Allí se veía que éramos el uno para el otro, y yo te maté; yo por mi egoísmo, yo por mi crueldad, yo te maté por amor”. “Yo vivía obsesionado por el tipo de amor que tenía por mí”, recuerda. “Yo no sé qué es el amor verdadero”, reflexiona, y al fin llega a la peor de las conclusiones, “vos tenés razón, yo soy un monstruo”.
        Quizá Castels diga "monstruo", la ciencia podrá decir “paranoico”, o algo así.
        Nosotros decimos que bajo ningún concepto se pierda, amigo lector,  esta puesta estupenda, que lo hará vibrar y cuestionar sus esquemas sobre ese mal y ese bien tan antiguo como peligroso, llamado Amor.
        Que puede transitar todos los túneles, y convertirlos en tragedia.
Final de "El Túnel" con aplausos más que merecidos
Entrevista a los miembros de La Cuarta Pared
https://www.facebook.com/ReporterosInfiltra2/videos/vb.632795826855685/742239405911326/?type=2&theater
El actor Horacio Rafart con la periodista Adriana Sylvia Narvaja
Vean aquí la maravillosa recreación que León Klimovsky, junto al mismo Ernesto Sábato, filmaron en el año 1952 y que se puede ver en Youtube
https://www.youtube.com/watch?v=9KqjomrC0q8
Los protagonistas del film son actores de la talla de Laura Hidalgo, Carlos Thompson, Santiago Gómez Cou, Bernardo Perrone, Maruja Gil Quesada, Pascual Pellicciotta, Ricardo Lavié, Enrique Fava, Margarita Burke, Beba Bidart y Miguel Ligero.
Afiche de promoción de la película "El Túnel", estrenada el 1ero. de abril de 1952 
Biografía de Ernesto Sábato
Ernesto Sabato (Rojas; 24 de junio de 1911-Santos Lugares; 30 de abril de 2011)3 fue un escritor, ensayista, físico y pintor argentino. Su obra narrativa consiste en tres novelas: “El túnel”, “Sobre héroes y tumbas” (considerada una de las mejores novelas argentinas del siglo XX) y “Abaddón el exterminador”. También se destacó como ensayista, autor de libros como “Uno y el Universo”, “Hombres y engranajes”, “El escritor y sus fantasmas” o “Apologías y rechazos”, en los que reflexiona sobre la condición humana, la vocación de la escritura o los problemas culturales del siglo XX. Fue el segundo argentino galardonado con el Premio Miguel de Cervantes (1984), luego de Jorge Luis Borges (1979).
Su longeva existencia lo llevó a ser un autor muy presente durante el siglo pasado y también durante la primera década del corriente. Aunque se preparó para dedicarse a la física y a la investigación en este campo, su acercamiento al movimiento surrealista, especialmente a algunos escritores y artistas de esta corriente, torció de alguna manera su destino y terminó por darle rienda suelta a su inquietud como autor. Su visión existencialista —reflejada en las tramas tenebrosas de sus novelas pobladas de personajes extraviados de sus valores morales—, su manera de exponer ideas y conceptos, su facilidad retórica y la sapiencia a la hora de introducirse en la psicología de los individuos, lo erigieron en una de las grandes plumas de su tiempo y de su país.
Fuente: Ernesto Sábato en Wikipedia.
https://es.wikipedia.org/wiki/Ernesto_Sabato
El atril de Castels, donde todo comienza...
Las fotos pertenecen a Adriana Sylvia Narvaja, conductora del ciclo "Algo Especial Protagonista del Presente", periodista y docente de Quilmes, República Argentina. Agradecemos al Teatro Don Bosco de Bernal, y a sus coordinadores, Marisol Vecchi y Alejandro Pepe,  por tan estupenda invitación.