El amor es un túnel muy, muy oscuro y sin final

        Quizá sea hora de dejar de hablar de Juan Pablo Castels, y comenzar a hablar de María Iribarne, si queremos entender qué fue lo que sucedió. Porque si hablamos de Castels, vamos a decir, como ya se dijo tantas veces, que estaba solo, que estaba loco. Y como él mismo confiesa, fue él el que la mató.
        Se dirá, y se presupone, que Castels tenía algo del pesimismo del maestro Ernesto Sábato, el autor de “El Túnel”, su novela inmortal. Puede ser. Se dirá que sus contradicciones, que él mismo reconocía, que los recovecos de su alma, son también los de Castels. Puede ser. Pero creo que allí terminan las coincidencias. Ernesto Sábato, escritor, maestro (y conste que él detestaba todo tipo de “devoción” en la que caemos los seguidores de la cultura), Sábato, decíamos, era un hombre de mente universal y enorme, inteligente y culto. Sus opiniones tuvieron y tendrán siempre peso en la marcha de las ideas y de nuestra historia como país. Castels, su personaje, su obra, es un hombre doliente, torturado y obsesionado por un amor que seguramente a su maestro no lo hubiera desvelado así. De esa manera.  Creemos que así se terminan las similitudes, porque son personalidades diferentes.
El gran actor Horacio Rafart, en escena, como Juan Pablo Castels  
        Una y mil veces, quizá, le preguntaron a Sábato por este personaje. Con el tiempo, habrá olvidado  lo que había escrito, y Castels siguió su vida propia, amando, matando y luego, enfrentando la cárcel y sus recuerdos, que son peores que cualquier prisión. Porque de la prisión se sale. De los recuerdos, por el contrario, nadie escapa…
        Todo este razonamiento hacemos ahora, que han pasado varios días después del sábado 12 de agosto, cuando asistimos a una puesta inolvidable, la de “El Túnel”, en la piel de un actor enorme como es Horacio Rafart, y con la dirección de Guillermo Ale. Y Rafart nos transmitió punto por punto el profundo drama de Castels: un pintor no muy conocido, que detesta los círculos “consagrados” de la pintura, sumido en un enorme pesimismo por el destino de la Humanidad (y aquí se parece bastante al maestro Sábato), que vive una vida sin destino ni final, hasta que conoce a una mujer joven que él cree que lo salvará de tanta oscuridad. Se equivoca de plano: en este mundo, nadie puede salvar a nadie. O lo paga con su vida.
        Él mismo es un hombre de ideas bastante particulares. Considera a los criminales como “la gente más pura, más noble, más sana”, ya que se pregunta “porqué tenemos que soportar a esa gente a la que el criminal mata”. “Es lo que llamo una buena acción, siempre pensé así…”, dice convencido. Y quizá, a la larga, él piense que matando a María también realizaba una buena acción. Del amor al odio, de la supuesta salvación al desprecio más extremo, hay un paso muy pequeño, y Castels lo da sin dudarlo. El crimen, al final, es la consecuencia esperada. Él no puede con su vida. Jamás podrá con la de otro, que es un mundo aparte, que tiene leyes propias, y que él, encerrado en su túnel, vacío y oscuro, no puede entender.
        Excelente puesta del Grupo La Cuarta Pared en el Teatro Don Bosco de Bernal, donde el teatro dice “siempre presente” y no cualquier teatro, sino sólo del mejor. La escenografía, con su atril de pintor, sus pinturas, sus marcos, se completa con un juego de luces que no descansa, y que va marcando los tiempos del relato. Castels cuenta punto por punto la historia de un amor que no era tal: para él fue una obsesión que lo llevó al crimen. Para María, no lo sabremos nunca.
        El que habla siempre es Castels, y lo dice así: “Voy a contar la historia de principio a fin, porque me ilumina la esperanza de que una sola persona pueda entenderme”. “Existió esa persona, pero fue precisamente la persona que yo maté”, confiesa. Y matando a María, sus manos se quedaron vacías. Quedó solo dentro del túnel, y para siempre.
        El trabajo de Rafart es impecable, y va pasando por todas las emociones humanas: Castels descubre a María cuando, en un Salón de pintura, ve con asombro que la joven es la única que se detiene a mirar una ventanita de su cuadro “Maternidad”, en donde otra joven, en la tela, mira hacia el infinito con cierta tristeza. Con cierta angustia, quizá. El espíritu solitario y obsesivo de Castels no podía dejar pasar esa oportunidad de encontrar a esa otra persona que sintiera, tal vez, la desolación que él mismo sentía. Esperanza primero, obsesión después, alcohol mediante, violencia de a ratos, locura por fin, todos los momentos se unen en Rafart, en una actuación increíble. Castels de pie, con toda su humanidad a cuestas.
        Iniciar una relación no lo ayuda, como tampoco lo ayuda el alcohol. Su obsesión va ganando terreno, no puede retener ni dominar a María, no puede poseerla, no puede cercarla, no puede evitar que vea, o haya visto o conocido, a otros hombres. Toda su energía está puesta en transformarla en uno de sus cuadros, en una de sus telas, que puede pintar a piacere y que son extensiones de sí mismo. María no lo es.
        Y por esa razón decimos que habría que hablar de María, que como un sol está en el centro mientras los demás giran a su alrededor. Un antiguo novio que se suicida, su esposo ciego, su primo Hunter, y el mismo Castels, dependen de ella para hacer funcionar sus vidas.  De alguna manera, ella hace girar el mundo, y todos obtienen un poquito de María sin que nadie llegue a conocer o a saber de ella. Pero tienen ese poquito, que no quieren resignar. Claro, es un tipo de relación que jamás termina bien. Y es por eso que Allende, el esposo ciego, cuando se entera del crimen, le grita “¡insensato!” a Castels,  y el pintor no entiende. No puede entender. Desde su túnel, apenas ve su oscuro, frío y viscoso mundo interior. Pero no puede ver el universo completo, con María en el centro y todos los hombres, todos esos hombres, girando a su alrededor. Pero las relaciones humanas no aceptan “medios amores”, que están basados en el ocultamiento, en la falsedad que Castels le reprocha. Los “medios amores” no pueden terminar bien.
        “Tenía que pensar las cosas buenas de ella, su cuerpo, su voz” dice el pintor, cada vez más atrapado con su angustia, por su obsesión. “Tenía que olvidarme de todo lo demás; juro que lo intenté, pero no pude”. Y en una carta que ella le envía desde la estancia, él encuentra una respuesta que espera: “Allí se veía que éramos el uno para el otro, y yo te maté; yo por mi egoísmo, yo por mi crueldad, yo te maté por amor”. “Yo vivía obsesionado por el tipo de amor que tenía por mí”, recuerda. “Yo no sé qué es el amor verdadero”, reflexiona, y al fin llega a la peor de las conclusiones, “vos tenés razón, yo soy un monstruo”.
        Quizá Castels diga "monstruo", la ciencia podrá decir “paranoico”, o algo así.
        Nosotros decimos que bajo ningún concepto se pierda, amigo lector,  esta puesta estupenda, que lo hará vibrar y cuestionar sus esquemas sobre ese mal y ese bien tan antiguo como peligroso, llamado Amor.
        Que puede transitar todos los túneles, y convertirlos en tragedia.
Final de "El Túnel" con aplausos más que merecidos
Entrevista a los miembros de La Cuarta Pared
https://www.facebook.com/ReporterosInfiltra2/videos/vb.632795826855685/742239405911326/?type=2&theater
El actor Horacio Rafart con la periodista Adriana Sylvia Narvaja
Vean aquí la maravillosa recreación que León Klimovsky, junto al mismo Ernesto Sábato, filmaron en el año 1952 y que se puede ver en Youtube
https://www.youtube.com/watch?v=9KqjomrC0q8
Los protagonistas del film son actores de la talla de Laura Hidalgo, Carlos Thompson, Santiago Gómez Cou, Bernardo Perrone, Maruja Gil Quesada, Pascual Pellicciotta, Ricardo Lavié, Enrique Fava, Margarita Burke, Beba Bidart y Miguel Ligero.
Afiche de promoción de la película "El Túnel", estrenada el 1ero. de abril de 1952 
Biografía de Ernesto Sábato
Ernesto Sabato (Rojas; 24 de junio de 1911-Santos Lugares; 30 de abril de 2011)3 fue un escritor, ensayista, físico y pintor argentino. Su obra narrativa consiste en tres novelas: “El túnel”, “Sobre héroes y tumbas” (considerada una de las mejores novelas argentinas del siglo XX) y “Abaddón el exterminador”. También se destacó como ensayista, autor de libros como “Uno y el Universo”, “Hombres y engranajes”, “El escritor y sus fantasmas” o “Apologías y rechazos”, en los que reflexiona sobre la condición humana, la vocación de la escritura o los problemas culturales del siglo XX. Fue el segundo argentino galardonado con el Premio Miguel de Cervantes (1984), luego de Jorge Luis Borges (1979).
Su longeva existencia lo llevó a ser un autor muy presente durante el siglo pasado y también durante la primera década del corriente. Aunque se preparó para dedicarse a la física y a la investigación en este campo, su acercamiento al movimiento surrealista, especialmente a algunos escritores y artistas de esta corriente, torció de alguna manera su destino y terminó por darle rienda suelta a su inquietud como autor. Su visión existencialista —reflejada en las tramas tenebrosas de sus novelas pobladas de personajes extraviados de sus valores morales—, su manera de exponer ideas y conceptos, su facilidad retórica y la sapiencia a la hora de introducirse en la psicología de los individuos, lo erigieron en una de las grandes plumas de su tiempo y de su país.
Fuente: Ernesto Sábato en Wikipedia.
https://es.wikipedia.org/wiki/Ernesto_Sabato
El atril de Castels, donde todo comienza...
Las fotos pertenecen a Adriana Sylvia Narvaja, conductora del ciclo "Algo Especial Protagonista del Presente", periodista y docente de Quilmes, República Argentina. Agradecemos al Teatro Don Bosco de Bernal, y a sus coordinadores, Marisol Vecchi y Alejandro Pepe,  por tan estupenda invitación.

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