La guerra de los pomitos (segunda parte)

        ¡La que se armó! Mientras los Embajadores se peleaban, y amenazaban con invadirse entre ellos, la gente se puso a discutir y a pelear; Jere y Ferdi se tiraban con los pinceles, los trapos y los pomos, mientras los diputados oficialistas se tranzaban a puños con los de la oposición, acusándolos de “conspiradores” y de haber comenzado esta guerra de colores para ganar las elecciones del año que viene. Los senadores agarraban a los diputados por las solapas, acusándolos de las cosas más insólitas y no de ahora, sino desde el tiempo de la Colonia, cuando los partidos no existían, mientras volaban pinturas y pinceles de aquí para allá.
        Los empresarios se tomaron de los pelos con los ministros, acusándolos de querer sacarles plata con los impuestos, mientras los bailarines y músicos gritaban a los cuatro vientes que todo era una maniobra para usar el arte verdadero, el de la señora Etelvina Piruletes y el de ellos, y el de los artistas de todo el planeta, para hacer internas políticas porque jamás a ninguno le interesaba el arte, ni lo apoyaba, ni lo defendía. Decían esto desde atrás y debajo de las sillas, porque las piñas volaban de aquí para allá, y ellos, que no estaban a favor de la violencia, tampoco querían recibir palos…
        “¡Nosotros defenderemos siempre los colores de nuestro partido!” gritó un concejal, mientras pintaba a todo el mundo con rojo y con blanco. “¡Qué van a defender ustedes, con esos colores de gallina de River Plate!”, le gritó un secretario de la oposición, que le tiró con una paleta azul y amarilla, porque era de Boca, y defendía su camiseta, o su saco y corbata, bah…
"Mujer con abanico", Pablo Picasso, 1919 
        La cosa se puso brava. Mientras los políticos discutían de política, los embajadores se pintaban la cara con los colores de sus banderas y se preparaban para la guerra, y las damas trataban de salvar los canapés y los sandwichitos para que no cayeran al suelo, el jugo se desparramó, y la pintura embarró toda la cancha. La fiesta se transformó en un partido de rugby, pero de colores…
        A todo esto, las cámaras de televisión se hacían el plato, retratando a todos los conocidos que peleaban a lo Titanes en el Ring, como en el Congreso, pero con más color, lindo para que salga por tevé el fin de semana. “¡Ésta es la nota del año!”, decía un reportero, intentando captar la opinión de un diputado que estaba debajo de otros senadores, todos verdes, amarillos, rojos, violetas, a puño limpio y a pincel sucio. Un trapo con trementina y variados colores voló, y el periodista salió en la nota, transmitida directamente a todo el país, parado como un soldadito, firme en su profesión, con el trapo en la cabeza, como la madre Teresa de Calcuta pero sin poder poner paz en la guerra de los pomitos.
"La noche estrellada", Vicent Van Gogh
        Etelvina, en el medio del desbarajuste y pasando por encima de los que se peleaban, buscaba al angelito de su nieto que se había perdido en el montón, mientras miraban las pinturas enchastradas y veía los pinceles volar. Pensó que todo el trabajo de años se había perdido, porque los paisajes de Catamarca, con infinitos tonos de verde, parecían postales de la Luna, con manchas marrones y anaranjadas, y los lindos retratos que había pintado con tanto esfuerzo tenían varicela y sarampión, por las gotas que habían caído sobre los cuadros, y sobre los marcos.

        Doña Perica también buscaba a su monstruito, sospechando que los dos demonios de nietos no eran ajenos al desastre. Cuando pasó cerca de la cámara de televisión, el periodista, que se había sacado el trapo de la cabeza, le preguntó su opinión, y Doña Perica, para ayudar en algo, se puso muy seria y contestó que todo esto era “normal”.
        “Mire, cada presentación de mi amiga Etelvina busca la participación de los invitados” –agregó, con tono de sabiduría, mientras una paleta de colores daba de lleno en el rostro del inmutable periodista. “Aunque usted no lo crea, esto es arte participativo. Parece extravagante, pero no lo es. Etelvina busca la máxima expresión del arte en todas sus formas, y mire usted qué contenta está la gente, cómo pinta con amor y disfruta de la mezcla de colores: el arte es popular, o no es arte” concluyó convencida, y el periodista quedó conforme, porque al fin había encontrado alguien que le explique lo que estaba pasando. El comentario de Doña Perica fue reproducido en todos los diarios del mundo, y en todos los canales de cable y de los otros, y en todas las radios.
"Mujeres de Tahití", Paul Gauguin 
        Impactada, una conocida empresaria que estaba viendo la televisión en ese mismísimo momento desde su mansión, vio lo que pasaba en el Museo y pensó: “¡Y eso que me invitaron! Lo que me estoy perdiendo…”. Se vistió, se tomó un taxi y se fue volando al Museo.
        Cuando llegó, todo era un pandemónium de color, pero ella estaba encantada. Pronto averiguó de quién eran esos hermosos paisajes manchados, “tan modernos, tan divinos”, y los retratos a lunares, y con la chequera en la mano, dijo: “¡Wonderful!” (o sea, hermoso, porque a veces le salían palabras en inglés) y llenó muchos cheques que Etelvina Piruletes podía cobrar al día siguiente en el banco.
        Etelvina, con un abanico de cheques en la mano y con la oreja de Ferdi en la otra, no lo podía creer…
        De Perica ni hablemos, lo tenía sostenido con dos dedos a Jeremías del único mechón de pelo que le quedaba sin pintar, para no mancharse más…
        Los demás siguieron peleando un rato, hasta que se cansaron y  decidieron capitular: se fueron a buscar canapés y más jugo de naranja, porque con tanta guerra les había dado hambre y sed. Los camarógrafos se fueron, después de haber filmado la nota más divertida de sus vidas.
        Al final, Doña Perica decidió volverse a casa, pensando cómo haría para viajar en colectivo con toda la pintura encima, cuando escuchó que su amiga la pintora la llamaba. “¡Ay, Periquita querida, lo que vino a pasar!” se lamentó. “¡Quién iba a imaginar que una exposición de arte iba a terminar en esto!”, le respondió Perica compungida, mientras Etelvina le regalaba unos cuantos cheques para que mande la ropa a la tintorería.
"Alfarero", Ricardo Carpani, artista argentino 
        “¡Qué va a hacer, Etelvina, por lo menos vendiste los cuadros!”, le dijo la abuela. “La verdad que sí, y me voy con más ideas para seguir pintando. Eso del arte participativo me pareció una gran idea…¡cómo se ve que sos una gran amiga! Me salvaste justo a tiempo…”, le dijo Etelvina entusiasmada.
        “¡Para eso estamos los amigos!” le contestó Doña Perica, suspirando.
        “Si querés te llamo en la semana y te invito a mi taller, para que lo conozcas…” le ofreció la gran pintora, arreglándose el vestido de gala y el sombrero, que había perdido la pluma, e iba chorreando color por todos lados. Parecía un Carnaval…
        “Mirá, no te vayas a ofender, pero mejor…nos hablamos por teléfono, porque nos va a salir más barato ¡y más limpio!” le contestó Doña Perica, mientras se alisaba el pelo pintado de rosa y bordó.
        Y a carcajada también limpia (y con colores), se rieron las dos…
La imagen de portada corresponde al sitio Pinterest, y se llama Arte Pop
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