La Caída

por Beatriz Guido
        Albertina abrió los ojos y no los volvió a cerrar en toda la noche. Cuando vio las sombras de los primeros carros reflejarse en las paredes de su cuarto, comprendió que había llegado el día.
        Se levantó lentamente para no despertar a Diego. Le temblaban las piernas, y su corazón parecía haber dejado de latir. Preparó su valija y, en puntas de pie, atravesó el hall. Abrió la ventana de los Cibils y detuvo su mirada en la cabeza de cada uno de ellos. Las muchachas dormían en una cama; a Gustavo no llegó a verlo: lo ocultaba la cortina de cretona. 
        Cerró la puerta sin hacer ruido y se dirigió al cuarto encantado de Lucas. La luz de la ventana le iluminaba apenas la frente. Sintió deseos de arrojarse a su lado, arrodillarse ante él y pedirle perdón por tratar de huir. Sin embargo, cerró nuevamente la puerta y se dirigió hacia la calle. 
        Bajó las escaleras deteniéndose en cada escalón. Creía escuchar la voz de Laura como el primer día. Pensó que no podía seguir adelante y que le sería más fácil sentarse en un escalón y esperar la muerte. Caminó por Viamonte hasta Madero, después siguió por Buchardo. Pasó frente a la “montaña rusa” y al motociclista de la muerte. 
        Hacía sólo dos meses que había llegado, una tarde de marzo. El “Augustus” estaba atracado nuevamente en el dique cuatro. 
        Amanecía. La única conciencia de sí misma eran las lágrimas que rodaban por sus mejillas.   Pensó que si tomaba el tren de las siete llegaría a San Nicolás a las once. Juan Belloumo la llevaría en su coche de plaza hasta la casa de sus tías. Quizá esa misma tarde iría a Rosario para inscribirse en la Facultad.
-No debo volver a verlos nunca más; debo escribirles como hacía antes Lucas.
Subió al tren casi vacío. Entonces comenzó a llorar con un extraño quejido. Después buscó un papel y escribió:
“Queridos míos: Albertina, vuestra Albertina, viaja con un séquito de siete camellos y se interna con el cazador Lucas Foster en la desolada pampa de la provincia de Buenos Aires”. Apoyó su frente en el vidrio de la ventanilla y pensó: “Si la mando por expreso a lo mejor la reciben esta noche y la leen una y mil veces a las dos o a las tres de la mañana”. Después continuó: “Que Lucas no me busque. He de regresar cualquier noche o cualquier tarde de marzo”.
  Dejó la carta, tomó otro papel y escribió inconscientemente: “Fue Laura quien me abrió la puerta”, y corrigió: “Fue Laura quien abrió la puerta…
“-La esperábamos…
“-Quisiera ver la habitación que alquilan a estudiante de Filosofía y Letras”. 
  Apoyó su frente en el vidrio empañado por su aliento y comprendió que si no seguía escribiendo podría morirse muy fácilmente. 
Cuando llegó a San Nicolás, había terminado los primeros capítulos de este relato.
  Inmóvil, desde el andén, vio partir el tren; desde su mismo asiento una muchacha escribía, en el vidrio empañado, un nombre: Lucas.
Beatriz Guido
“La Caída”
Editorial Centro Editor de América Latina
Capítulo - Biblioteca Argentina Fundamental 
Año 1981 
No dejen de ver la película que se filmó sobre esta novela en nuestro país. Puro cine argentino!
https://www.youtube.com/watch?v=odOPoTGuN9U
Imágenes pictóricas del sitio de facebook de Pierre Ragonneau.

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