Stéfano o la parábola de los sueños que no se cumplirán

        Ahora que Stéfano murió, ahora es fácil hablar de Stéfano. Que si era rico en sus sueños, que si era pobre en su vida de familia. Ahora, cuando ya sabemos lo que sucedió, todos podemos opinar sobre la vida de Stéfano. ¡Qué fácil le resulta a los seres humanos hablar sobre la vida de los demás! Que si hizo bien. Que si hizo mal. ¡Ay, opinadores, cuánto trabajo tienen ustedes!. Un trabajo por cada  una de las historias de los humanos de este Planeta. Pero que al fin sólo será opinar...
        Meterse en las vidas de los demás, no les autoriza a hablar del pobre Stéfano. No se olviden que él había ganado una Medalla de Oro en el Conservatorio de Nápoles y fue por eso, por sus sueños, que decidió venir a la Argentina a “hacer la América”. Y logró que su padre, Don Alfonso, vendiera la chacrita con sus perros, sus chanchos, sus vides, sus olivos (su mundo, su carne, su sangre) y se viniera tras de María Rosa, su esposa, desde allá lejos en “l’Italia”, siguiendo al hijo. Siempre siguiendo al hijo. Siempre siguiendo los sueños del hijo, que un día sería famoso. Sería como Verdi. Sería el más grande. Sería el mejor.
Candelabro sobre el escritorio donde Stéfano corrige interminables partituras 
        Tampoco juzguen a su mujer, Margarita. También ella creyó en los sueños de gloria de un músico que soñaba lo que no pudo lograr. Ella, agobiada por la vida, los hijos, los suegros en su casa, las carencias económicas, el ver cómo la vida te va pasando mientras los sueños se van desmigando como un pancito en la mano, ella también, a su manera, tenía razón. Quizá no hizo bien en reprocharle todo lo que le reprochó a Stéfano, que también cargaba pesadas cargas. Pero ella es mujer, y para sus hijos ella quería una vida mejor. Ella también iba detrás de sus hijos. Como todas las madres. Crucen o no crucen el anchuroso mar.
        Quizá la culpa la tenga Pastore. Sí, eso debe ser. Pastore, que le “quitó” el trabajo a  Stéfano, pobre Stéfano, que en paz descanse. Pastore, que lo ha defendido (hasta donde pudo) y le consiguió unas partituras para revisar y corregir. Pastore, que al fin le dice a Stéfano, su maestro y mentor,  que si perdió su trabajo, es porque el Director ya no lo quería. Ese asunto de “la cabra”, el sonido producto de interpretar con inseguridad un instrumento, es el nudo del asunto.  Los nervios. Los problemas. O lo que fuera que produjo “la cabra”. El temblor de las manos. El dolor del corazón.
Saludo final del Director Alejandro Casagrande (der.) con Jorge Graffigna (izq.) y Diego Cadeddu (centro) 
        Por suerte Ñeca, la que más va a extrañar ahora a su padre Stéfano, se desvivía por él. Es cierto que quizá le puso demasiada sal a la comida, o demasiado poco. Mucha o poca sal no arreglará las cosas, es verdad. Pero ella amaba a su padre, y estaba pendiente de la llegada de él. Que ahora ya no llegará. Porque ha fallecido, víctima de tanto reproche, tanto fracaso, tanto peso en la espalda con el cual es tan difícil subir una cuesta. La vida es subir una empinada cuesta. A algunos le cuesta más, pero a todos nos cuesta lo mismo.
        El hijo mayor de Stéfano, Esteban, seguirá sus pasos, quizá. Detrás de él está su madre, que lo intentará todo para que así sea, como la abuela lo intentó con Stéfano. Claro, Esteban no tendrá a su padre para recriminarle, una y otra vez como hizo el abuelo, el fracaso de Stéfano y lo poco o nada que quedó de aquellos sueños. Pero tampoco lo tendrá para apoyarlo. Para decirle: “m’hijo, el arte es así, si usted sigue este camino, sepa que andará siempre por un borde difícil, un borde de montaña”. Esteban escribe versos, y trabaja para ayudar a su desdichada familia. Una familia que se desbarranca por ese borde, que es el borde por donde andan las cabras. Antes de morir, Stéfano, el pobre Stéfano, sufriente y vencido por las cargas que lleva en los hombros, se derrumba y se siente también él como una cabra. Que va no por el borde, sino cuesta abajo.
Saludo final, de izq. a der. Rodrigo Fedele, Maru Perea y Rosita Rotman 
        Y finalmente la campanita de la casa, Radamés, quien no sabe o no entiende o no quiere o no puede ver cuál es la realidad: él crea su propia realidad. Tanto ama a su padre, que está convencido que sí tocó en el teatro la famosa ópera que ahora ya no compondrá.  Y Stéfano, para aferrarse a esa posibilidad de que un sueño se haga realidad, le dice que sí, que si él, su hijo,  lo vio en el teatro interpretando la famosa ópera, es que sucedió. Quién pudiera hacer que los sueños se hagan realidad así, sin siquiera chasquear los dedos. Radamés, a su manera, son los sueños. No por nada siempre sueña en salvar a alguien, en ser bombero, en atender catástrofes. Como la de su familia. A la que no podrá salvar.
        Ésta es la historia de Stéfano, y es fácil contarla porque murió. Ahora todos podrán decir, mientras caminen  junto al féretro rumbo al entierro, que fue un buen hombre. Sus padres llorarán (seguramente lo seguirán a la tumba en poco tiempo) y su mujer quedará en la más profunda de las soledades, con  hijos pequeños y una enorme miseria que jamás se alejará de su lado, tanto o más profunda que la que vivía junto a su esposo. Una vida tanto o más oscura, y mucho más cuando el que ella amó (porque un día lo amó) ya no está.
        Y en un país como éste, en donde los sueños tienen pocas fuerzas frente a tanta adversidad, esa oscuridad es  una oscuridad muy grande, una soledad enorme de la que no puede verse el borde. Un país que lo prometió todo, que llamó a venir a todos para construir un futuro inmenso, y al fin les dio tan poco frente a lo que tantos dejaron allá en Europa para “hacer l’América”. Dejar casa, familia, vecinos, amigos, lenguajes, idiomas, costumbres, para llegar a un país en donde, como dice Don Segundo Sombra, “al que anda tambaleando la pampa se lo traga”. Como se tragó a tantos, y de tantas formas diferentes.
Alejandro Casagrande, el reconocido Director 
        Éxito rotundo para el grupo liderado por el gran Director Alejandro Casagrande, quien, junto a Miguel Montalto, puso en escena la gran obra emblemática del teatro argentino, “Stéfano”, del enorme autor Armando Discépolo, y que pudimos apreciar en el Centro Cultural Polaridades. Y creemos que ésta es la consagración de sus actores: Norberto Ferrando (“Stéfano”), Rosita Rotman (“María Rosa”), Rodolfo Cánepa (“Don Alfonso”), Maru Perea (“Ñeca”), Patricia Santi (“Margarita”), Diego Cadeddu (“Radamés”), Rodrigo Fedele (“Esteban”) y Jorge Graffigna (“Pastore”). Y cuando decimos “consagración”, entiéndase exactamente eso: llegar al público de tal manera, llegarle tanto al corazón, que es imposible que alguien pueda llegar así sin dejar al público sin habla. Todo aplauso es poco para estos actores, para estos directores, para la Asistencia General de la gran Mónica Dargains, el Maquillaje de Gina Mobilia, y la siempre invalorable presencia de Nora Camún de este hermoso Centro Cultural.
El público disfruta de una picada con cerveza en el Centro Cultural Polaridades 
        Y a pesar de todos los reproches que el pobre Stéfano recibió en vida, a pesar de que lo acusaban injustamente de pasar por esta vida “sin pena ni gloria”, no será así. Quedará para siempre en nuestros corazones, junto con esta actuación, y seguiremos soñando sus sueños.  No será cierto que “en cada hijo crece un ingrato, primero lo pide todo, dopo lo tira”, como dice Don Alfonso. Nada se tirará, y mucho menos los sueños. “Yo también estoy triste –dice Stéfano. Todo era esperanza en Nápoles, como la ostra pegada al nácar, misterio, papá, misterio, quién sabe qué canto canta la ostra. Quién sabe, se calla solitaria, le preocupa solamente lo que tiene adentro, sigue su propia música”. Stéfano no pudo escuchar su propia voz. No tuvo tiempo, o no tuvo espacio, o no tuvo oportunidad. Todos estaban tan pendientes del resultado de su voz, del resultado "de los que ellos obtendrían"  de su voz, que jamás lo escucharon cuando él la buscaba, si hubiera podido buscarla, en el fondo de su corazón.
Un verdadero éxito de público con amigos como el tenor Hugo Ponce y su esposa Ana Ruhl 
        Dura vida la de Stéfano. Si hubiera dejado a sus padres en Italia, toda la vida se hubiera reprochado no haberlos traído con él. Quizá Don Alfonso hubiera sido más feliz, pero cuando un hijo se va, no hay felicidad posible. “Te lo dije, hico, para vivir es mejor la zapa que la música, la vida no é una mariposa!” dice Don Alfonso, y quién sabe sí. O quien sabe no. Depende de la música que la ostra lleve en su corazón. Dura vida la del hijo que no quiere reflejarse en el padre, que no quiere ser el espejo de su padre, que quiere seguir un sueño propio, que apostó por otra cosa y no por la zapa.  A Ñeca no le irá mejor. “Dejala –dice su madre Margarita- no la atormentes. Ya sufrirá mucho por ser  hija mía. Pobres de nosotros, pobres”.
        Tampoco Stéfano se salva de sus reproches: “Porque vos no has conseguido nada – dice Margarita- Porque sos siempre el último, ¡con lo que vos sabés! ¡Es tu falta de carácter!” dice y mientras dice clava puñales  cuando Stéfano lleva tantos clavados en el alma. “No me cumpliste nada en veinte años! Yo no merecía esto. Otra vida, otro ambiente, otro destino! Vivir así! Me engañaste y no tenés perdón de Dios!” le grita. “Sólo hago daño a los que quiero” se acusa Stéfano. Y quizá ése sea el problema: nadie está del lado (y al lado) de Stéfano. Ni siquiera él.
De izq. hacia el fondo, Roberto Cánepa, Norberto Ferrando, Patricia Santi, Jorge Graffigna y Diego Cadeddu 
        “Me he dado en tantos pedazos que ya no me encuentro –dice Stéfano. No me quedaba otra cosa más que soplar y soplar”. Y todavía le falta enfrentar el juicio del hijo, pues los otros ya lo han declarado culpable. “Yo sí lo comprendo –dice Esteban. Lo compadezco y siento mil torturas. Soy su continuación. Usted es mi experiencia, yo soy su futuro. ¡Yo no tengo remedio para su pena, papá!”.  Pero a pesar de todo, Stéfano lo entiende, entiende la lucha de su hijo y avizora lo que tendrá que luchar. “Sabrás qué dura es la soledad y cómo en ella, más que cantar, morimos. Queda la esperanza. Todo está calculado para que usted, hijo, cante su canción. ¡Lo que no sé es qué he de hacer con este dolor!” dice Stéfano, que de todas maneras le recomienda a su hijo que busque su propia voz, dentro de la ostra, como los que buscan perlas.  “Cante, todo este dolor por un verso ¿vale tan poco la vida?”. 
        No, Stéfano. Vale mucho. Vale la lucha, en el país que sea, en la chacrita que sea, en la ciudad que sea. Vale ponerle el pecho a la adversidad como usted hizo, y enseñarle a sus hijos a seguir un sueño. Es probable que muchos no lo entiendan, porque quieren los resultados pero no suben la cuesta con los pies descalzos como usted, Stéfano querido, Dios lo tenga en la santa Gloria. Quieren ser libres de pecado, pero no pasarán por el camino de las brasas ardientes con los pies desnudos. Ponen todo en el otro. Y como dice el tango, “se te cuelgan de la cruz”.
        Bien vale tu lucha, Stéfano, el hijo del inmigrante venido a músico, padre de un poeta. Dura lucha la tuya. Dura lucha para hacerte oír, cuando nadie quiso escucharte.
        Pero como las perlas de las ostras que cantan, tus sueños cantarán siempre.
        Larga vida, Stéfano inmortal.
Biografía de Armando Discépolo
Armando Discépolo (Buenos Aires18 de septiembre de 1887 - Buenos Aires, 8 de enero de 1971) fue un destacado director teatral y dramaturgoargentino, creador del "grotesco criollo" y autor de varias obras clásicas delteatro argentino como "Stéfano",  "Mustafá", "El organito" y "Babilonia", entre otras. El conocido poeta y compositor de tangoEnrique Santos Discépolo, era su hermano.
Hijo de Santo Discepolo inmigrante italiano oriundo de Nápoles que llegó a ser director de orquesta y de la argentina Luisa De Luchi. Cuando contaba con 18 años, José Podestá, director de una de las principales compañías de teatro de la Argentina, estrenó una obra suya, Entre el hierro, con gran éxito. Desde entonces Discépolo escribió continuamente estrenando una obra tras otra.
Sus piezas se caracterizan por el pesimismo y un clima depresivo, que se hace más denso a causa del uso de una comicidad grotesca. Sus personajes son pobres y miserables, muchas veces inmigrantes, aplastados por una realidad social asfixiante. En conjunto, Discépolo creó un estilo propio, llamado "grotesco criollo", que desde entonces se afianzó como uno de los principales estilos creativos del teatro y del cine argentinos, y del espectáculo dramático en general.
Desde 1934 se dedicó a la dirección teatral. En el mes de abril de 1963 contrajo matrimonio con la actriz Aida Sportelli, hija de italianos, inseparable compañera desde los años 30.
(fuente: Wikipedia) 

Las fotos son de Adriana Sylvia Narvaja, periodista y docente de Quilmes, conductora del ciclo "Algo Especial Protagonista del Presente".
Foto de Armando Discépolo - Del sitio Wikipedia.
http://es.wikipedia.org/wiki/Armando_Disc%C3%A9polo
Afiche de la obra en la portada y foto del Director Alejandro Casagrande, del muro de facebook del Director
https://www.facebook.com/profile.php?id=100001298479342&fref=ts

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3 comentarios:

  1. Adriana...te mando un GRACIAS con todo el contenido que esa palabra significa. Y precisamente a vos, que le das a cada palabra un vuelo propio. Valoramos y necesitamos tu mirada particularmente sensible. Gracias...otra vez!.

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    1. Muchas gracias, Mónica Dargains, enorme tu trabajo y el de todos! La verdad, quedé muy conmovida por esta gran presentación que nadie debería perderse! Merecido éxito! Adelante siempre! Adriana.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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