Cuentos para chicos

Ondina, una cebra celosa
        Ondina es una cebrita preciosa, blanca y negra, como todas las cebras, pero más linda. Tiene unos ojos dulces y tiernos, y cuando está contenta dando saltitos por toda la pradera. Pero además es muy buena.
        Pero muy celosa.
        Cuando Ondina nació, como era la primera, sus papás están maravillados, le acariciaban la cabeza, le hacían cosquillas en la panza. Jugaba todo el día con la mamá. Todos los juguetes eran para ella. Y los papis, enamorados, no le sacaban los ojos de encima y decían, suspirando: “¡No hay cebrita tan buena e inteligente como Ondina!”.
        Todo fue bien hasta que nació la hermanita, Melina. Es un nombre precioso, pero a Ondina no le importaba: ella no quería ninguna hermanita.
        Pronto vio que sus papis, que ahora tenían que repartirse un poquito para cada una de sus hijas, ya no decían: “¿Visto como corre Ondina?” o “¿Viste como Ondina come toda la comida?”.
        Ahora atendían a esa otra cebrita que lloraba todo el día y mojaba los pañales.
        “No hay derecho”, pensaba Ondina. “Yo estaba primero y así quiero seguir”.
        Cuando veía a otros animales del bosque jugar con sus hermanitos, cuidarlos, besarlos, ella se retiraba ofendida. “¡Bah!”, pensaba, “¡yo no soy tan tonta!”.
        Mucho menos prestarle los juguetes. “¡Jamás!”, pensó. Y escondió todos los chiches en el tronco de un árbol, para que la hermanita no los encontrara.
        “¡Ondina!”, decía la mamá, “¡vení!” . Pero ella estaba ofendida, y pensaba que si los papis querían a “esa llorona” más que a ella, pues bien, ella nada más tenía que hacer allí. Y de los celos que tenía, decidió irse lejos, a otra pradera, donde nadie la pudiera encontrar.
        Claro que Ondina no pensó que era muy chiquita para hacer una cosa semejante, y que la pradera está llena de peligros, especialmente para una cebrita sola. Por eso la mamá siempre le decía: “¡Nunca te separes de la manada! La selva está llena de peligros, y cuando nosotras comemos o descansamos, nuestras amigas jirafas vigilan que no venga el león!”. 
        Pero Ondina no tuvo en cuenta los consejos de la madre y allá se fue, con el sol de la mañana, rumbo a lo desconocido.
        Cuando estuvo sola, empezó a tener miedo.
        Sabía que mientras hay sol, sus rayitas blancas y negras no se distinguen de la sombra de los árboles, y nadie la ve, pero a la tarde, cuando el sol cae, el terrible león se despierta y sale a buscar algo para comer. Por eso todos los animales se esconden y huyen de él.
        Ondina encontró un poco de sombra y se disponía  a pastar allí, cuando su fino oído escuchó unos pasos, como de alguien que se acerca al acecho. Era un león.
        Se quedó quietita, sin moverse, y gracias a sus rayitas y a la sombra de los árboles se salvó: el león pasó muy cerca, pero no la vio. Después de unos minutos, que a Ondina le parecieron siglos, el león se fue.
        Y caminando despacito, la cebrita volvió a su hogar, más blanca que negra del susto que se había llevado.
        Llorando le contó todo a su mamá.
        “Ondina”, le dijo la madre. “Voy a decirte algo, que espero que recuerdes toda la vida. Mirá: si te fijás bien, verás que todas las cebras parecen iguales, pero no lo son. Todas tienen sus manchas en forma diferente a las demás. No hay dos cebras iguales, como tú eres distinta de Melina. Pero ambas son mis hijas, y ambas son cebras, y yo las quiero igual. Todas son igualmente valiosas, para Dios y para mí, aunque sus rayas sean distintas”.
        Y le dio un beso.
        Y Ondina entendió.
Foto de portada - Cebrita bebé - Del sitio Misfotografías.info.
http://www.misfotografias.info/fotografias_animales/fotografias_cebras_2.htm
Foto de cebras - Del sitio Parques Temáticos.
http://www.parquestematicos.org/noticias/2011/ver-noticia.asp?id=578

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